29 de may de 2020

*EL REGRESO A CLASES.

Por José Antonio Trejo Rodríguez. “Me siento como cuando era niño, no quería que terminaran los domingos para no re


Por OFICINA | martes 27 de agosto del 2019 , 06:01 p. m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

“Me siento como cuando era niño, no quería que terminaran los domingos para no regresar a clases. Imagínate cuando se terminaban las vacaciones”, me compartía hace años un conocido con bastante pesimismo. “No puede ser. Ya se terminaron las vacaciones, ahora hasta dentro de cuatro meses volveremos a descansar. Échale cuentas y verás”, me dijo un ex compañero de aula al volver de un periodo vacacional. Ambos me hicieron recordar mis experiencias al respecto.

Mi primer día en el Jardín de Niños Adolfo López Mateos pasó de golpe y porrazo de lo emocionante a lo dramático. Durante varios días se me creó la expectativa de lo valioso y divertido que sería comenzar la educación, incluso amigos de la familia que ya contaban con esa experiencia se deshacían en contar las maravillosas andanzas que se encerraban detrás de las rejas del inmueble ubicado en Rojo del Río. Debo confesar que todo lo creí de comienzo a fin.

Esa mañana de septiembre mi mamá, mis hermanas y uno de mis hermanos me entregaron vistiendo una elegante camisa de pequeños cuadros rojos y blancos a la niñera, Julieta se llamaba, en la reja del Adolfo López Mateos. El traspasar la puerta fue razón suficiente para soltar el llanto y negarme a ingresar, a gritos rogaba a mi mamá que me esperara allí en la reja, por supuesto que para consolarme me dijo que sí.

El niño que conocía del segundo año ya me esperaba para, a modo de eficaz convencimiento de calmarme, conducirme rápidamente a los columpios, la resbaladilla, la ola que se hallaban en el patio. El paseo concluyó muy pronto y todos bien vestidos fuimos llevados a formar en el hermoso salón de actos para celebrar los Honores a la Bandera.

En esos momentos me cuestioné qué hacía allí y como un bólido salí hacia el pasillo, Julieta trató de atajarme, pero con habilidad la esquivé y continué corriendo con rumbo a la reja, esperando encontrar a mi mamá y salir de la escuela con rapidez. Oh qué desgracia la mía, mi mamá ya no estaba en la puerta. Me sentí desorientado, pero la corretiza que Julieta me daba me hizo reaccionar de inmediato y con la misma velocidad con la que abandoné la formación regresé a la misma para concluir los honores. A la salida reclamé a mi mamá que no me esperara y le conté de mi aventura, obviamente que recibí una fuerte llamada de atención.

Esa experiencia me hizo soportar estoicamente mi ingreso, dos años después, a la Escuela Primaria Francisco Noble. Veía a quienes se resistían a ingresar a las aulas a llanto pelado y me decía que afortunadamente yo ya había pasado por esas y ahora para mí no era motivo de drama el iniciar la educación en una nueva escuela. Era 1971 y aún se convivía en las aulas con generaciones de estudiantes mucho más grandes, había dos, una muchacha y un muchacho con bigote y patilla, ya muy grandes, por supuesto que no se juntaban con los pequeñines, aunque nos trataban como a sus hermanitos y preferían pasar la hora del recreo platicando y comiendo una sabrosa torta de jamón comprada en la cooperativa, pues el muchacho trabajaba en una carnicería de su familia.

Así como había alumnos grandes, no faltaban los genios precoces que a muy corta edad daban muestras de su bien dotada inteligencia. Blanca se llamaba una niñita de unos cuatro años que nos sacaba de apuros en los problemas numéricos que la maestra Cecilia nos ponía, con su tono de voz estricto nos ordenaba: “Pase al pizarrón y escriba el número uno romano”.  Volteaba pasmado y en mi marasmo veía a Blanca decirme que escribiera una rayita, lo hacía y la maestra Cecilia asentía satisfecha y ordenaba pasarme a sentar.

En una ocasión uno de los compañeritos dibujó una muy buena reproducción del pato Pascual y al estarlo viendo sentí un ardor en la espalda, era la maestra Cecilia que me medía las costillas con una vara para disciplinarme por estar dibujando en clase en lugar de estar escribiendo, aunque yo ni la debiera.

En tercer año me pasaron a la Benito Juárez, ya conocía a muchos de los alumnos, pues habíamos sido compañeros en el Adolfo López Mateos, allí estaba el niño aquel que me llevaba a jugar a las resbaladillas y de nueva cuenta se asumió como guía de la nueva escuela. Cada y cuando los grupos asumían labores de vigilancia e inspección de manera temporal.

Se cuidaba que ningún alumno se brincara la barda a la hora del recreo para salirse a comprar comida o golosinas a la calle, tampoco podían esconderse detrás de los edificios de primero, segundo y tercero. En ocasiones llegaban grupitos de la Tollan a visitar a sus cuates y se metían brincando la barda, por ser más grandes apabullaban a los guardias escolares, hasta que el Maestro Víctor les puso un alto y les exigió que cesaran de sus prácticas o les reportaría ante el mismísimo Maestro Tito.

El paso de la Primaria a la Secundaria es complejo, el estar durante largos seis años en una institución hace que se sienta uno como en casa y la llegada a una nueva, con compañeros nuevos y en una etapa nueva de la vida, siendo ya un adolescente, conlleva expectativas novedosas, tan solo las tallas de los pantalones y las camisas pasan de un consecutivo etario: 12, 14 y 16 a un entonces inexplicable 28, 30, 32 y así sucesivamente.

La gloriosa Secundaria Tollan esperaba por las nuevas generaciones, habría valido el esfuerzo de hacer fila muy temprano para sacar ficha y entregar documentos; vestir uniforme verde con corbata y cuartelera los lunes, levantarse más temprano para llegar a tiempo; conocer nuevas materias como los talleres y las prácticas de ciencias. Un nuevo mundo, una oportunidad de conocer y tratar con personas que vivían dentro un radio geográfico mucho más amplio del que la Primaria ofrecía, ya que la Tollan atendía muchachos desde Tepeji hasta Chapantongo, pasando por San Marcos, Tepetitlán, San Pedro Nextlalpan, Barrio Alto, El Carmen, Santa María Ilucán, San Ildefonso, Santa Ana, Achichilco, Tezontepec, Tlahuelilpan, Ulapa, Macuá, Carranza, Michimaloya, San Andrés, Nantzha, Jalpa, San Lorenzo, San Pedrito, el Llano, la UHP, la colonia de los Ingenieros, Cruz Azul, San Miguel Vindhó ¡Feliz regreso a clases! *NI*

 

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