17 de abr de 2021

*CUANDO LA REINA ISABEL II PASÓ POR TULA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.


Por OFICINA | martes 6 de abril del 2021 , 04:22 p. m.

Mediados de los años 70 del siglo pasado, salíamos de la primaria a las 13:00 horas y entre caminata, juegos y risas nos hallábamos en casita alrededor de una hora más tarde. La vecindad de la casa paterna con las vías del antiguo Ferrocarril Central Mexicano, inaugurado el 15 de septiembre de 1881, nos volvía testigos cotidianos del paso de trenes cargueros, de cuadrillas de trabajadores, de trenes de pasajeros e incluso de trenes turísticos con máquina de vapor incluida.

Cabe recordar que muchos de los trenes cargueros jalaban vagones vacíos que recién habían contenido granos, cemento, varillas y todo tipo de materiales y mercancías. Al momento de hacer alto total, muchas personas corrían con costales para barrer el interior de los vagones vacíos antes de que el tren siguiera su camino. Así se recogía trigo, maíz, sorgo, cártamo, que las personas ponían a la venta de quienes teníamos aves de corral, que disfrutaban de grandes banquetes de semillas.

Estábamos acostumbrados al ajetreo relacionado con el ferrocarril; sin embargo, ese mediodía, de golpe y porrazo, un ejército de rieleros de los Ferrocarriles Nacionales de México, trabajaban a toda prisa levantando la vía; rieles y durmientes eran izados por grandes grúas a las que se conoce como “el burro”, incluso dicha leyenda la escribían en un costado de la poderosa máquina, para depositar los rieles en plataformas, mientras que los durmientes en mejor estado se cargaban en armones y los más deteriorados se dejaban tendidos a lo largo del trazo de la vía, para provecho de los vecinos que podían recuperarlos y utilizarlos como leña o postes de cerca y hasta como bancos largos.

Enseguida los rieleros colocaban nuevos durmientes, también de madera, muy fuertes y bañados de algún tipo de aceite, sobre los que montaban largos rieles de unos 100 metros, apoyados por “el burro”, cuyo operador resultó ser un viejo conocido de la familia, a quien llamaban “don Chano”, que felizmente saludó a la familia, preguntó por mi papá y reveló la razón de los apresurados trabajos: “La Reina Isabel de Inglaterra va a viajar por tren de México a Guadalajara”.

Por las noticias se sabía que el 24 de febrero de 1975, iniciaría la visita oficial a México de la Reina Isabel II de Inglaterra, acompañada por su consorte, el príncipe Felipe, duque de Edimburgo, quien por cierto cumplirá un siglo de vida el próximo 10 de junio. Fue muy emocionante enterarse de que la famosa soberana de Inglaterra pasaría por Tula y lo mejor es que su tren correría detrás de nuestras casas.

Los frenéticos trabajos de los rieleros siguieron rumbo a México y detrás de ellos llegaron trenes jalando tolvas que descargaban balastro o grava recién triturada que, con habilidad distribuía otra máquina conocida como “reguladora de balastro”, la cual operaba mi hermano Carlos. La vía quedó impecable, lista para ser muda testigo del paso de la Reina Isabel II de Inglaterra la noche del 25 de febrero de 1975, fecha en que planeamos ubicarnos junto a las vías para decirle adiós a la famosa soberana a la hora en que pasaría el tren Pullman hacia la “perla tapatía”.

No sobra decir que nuestra información estaba a medias, pues si bien era cierta la visita de la Reina Isabel y que pasaría en el tren por Tula y por detrás de nuestras casas, su destino no era Guadalajara, era Guanajuato. Así que nuestra espera para decirle adiós resultó infructuosa, pues no pasó en el tren que esperábamos, que cabe aclarar era un servicio directo entre México y Guadalajara, que no hacía parada en Tula ni en ninguna otra estación intermedia.

Fueron puntualmente deliciosas las crónicas periodísticas sobre esa visita de la Reina Isabel. Las plumas de los reporteros grabaron para la posteridad un hecho histórico sucedido hace 46 años. La Reina y el príncipe llegaron en yate a Cozumel, de allí viajaron en avión a la Ciudad de México, siendo recibidos con algarabía por el público mexicano, a lo largo de su recorrido por las calles en auto convertible, acompañados por el presidente Luis Echeverría y su esposa Esther Zuno. En el zócalo se presentó el conocido espectáculo de los famosos, en esa época, niños de puebla, que con bloques de colores armaban pasajes históricos, escribían leyendas y formaban efigies; ese día relucieron Chaplin y Cantinflas.

Se refiere que el príncipe Felipe y hasta la misma soberana entablaron un cálido trato con los periodistas de la fuente, sonreían de excelente humor, dicen que el príncipe incluso se carcajeaba, ante las manifestaciones de amistad de la concurrencia que los recibió y que junto a Echeverría y su esposa hicieron votos por la paz mundial y la colaboración entre las naciones, sobre todo en materia educativa. Esa noche del 24 de febrero cenaron en palacio nacional y a la noche siguiente en la embajada de la Gran Bretaña, en reciprocidad la soberana invitó a cenar al mandatario mexicano: pollo tierno relleno de paté, acompañado con corazones de alcachofa, amenizando la velada las notas de piezas musicales de una orquesta que incluso tocó “la cucaracha”.

Después de cenar, salieron a la estación de Buenavista, para abordar el tren especial que ese 25 de febrero de 1975, a las 23:50 horas, partió con ellos hacia Guanajuato. El tren estuvo encabezado por tres locomotoras que jalaron 11 vagones: cuatro carros presidenciales, dos oficiales, dos carros comedor y tres carros dormitorio. Delante de ellos viajó un tren explorador. Como era de esperarse, ambos trenes tuvieron derecho sobre la renovada vía por sobre el resto de los convoyes cargueros y de pasajeros; corrieron a una velocidad de 60 a 70 kilómetros por hora, para no interrumpir el sueño a tan ilustre visitante, que al filo de la una de la madrugada del 26 de febrero de 1975 pasaron por Tula, por detrás de mi casa paterna, sin detener su carrera. Un hecho histórico, relevante, que sucedió hace 46 años. *NI*

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