4 de dic de 2021

Tres Amores 15/10/2019

(3a de ocho partes)


Por OFICINA | martes 15 de octubre del 2019 , 05:57 p. m.

Por Dora Martínez

Entramos a una casa muy sencilla, solo se ve lo básico, en la sala un mueble para ver la televisión, un comedor de cuatro sillas, junto a la ventana que ve a la calle la impresora de copias.

Al fondo en la pequeña cocina se oyen los pasos cansados de  su madre. Al encontrarnos en la sala pregunta quién soy y Marcela le explica y me presenta.

Ella es mi madre, María y mi padre Luciano.

Estuve una semana escasamente con ella informándome del asunto del divorcio, ella tenía una notificación que le prohibía salir del país hasta tener la resolución de su caso.

No saben con exactitud cuánto tiempo llevaría todo el proceso, pues el exmarido demandaba una pensión económica por no tener ingresos. Resultó ser un vividor y explotador.

Buscamos al mejor abogado para llevar su proceso, costaba una fortuna sus honorarios, pero garantizó finalizar todo en tres meses. Obviamente yo me hice cargo de los gastos de todo. Regresé a México y la espera se me hizo eterna, me encontraba al igual que al principio de esta historia, enamorado de esa mujer y añoraba su regreso, esperaba su llamada todas las noches y hablábamos hasta entrada la madrugada.

Mientras tanto en el trabajo  los compañeros se burlaban de mi enamoramiento. Me advertían de cuidarme de un lobo con piel de oveja, no les decía nada ni me peleaba con ellos porque sé que no la conocían como yo. Después de ver el lugar donde vivía podía pensar que su vida había sido muy triste. Había muchas carencias en esa casa, pensé que ayudar a sus padres la pondría feliz. Mis amigos no pensaban lo mismo, me veían  como un verdadero estúpido cegado por el amor.

Envié dinero para solventar los gastos del juicio, aparte para mantener a los padres, para que invirtieran en algún pequeño negocio que les permitieran tener un ingreso modesto pero seguro. Abrieron una tienda con servicio de internet y telefonía de larga distancia, en el barrio donde vivían hacía falta estos servicios.

Me siento bien por lo que pude hacer por ellos no importando lo que la gente a mi alrededor opinara de mí. Incluyendo a mi madre que juzgaba y reprendía todo movimiento que hiciera a favor de Marcela, cuidaba cada peso que gastaba y fui frecuentemente reprendido por mis acciones.

Marcela regresa a México. Nos mudamos a un departamento que había comprado recientemente y adaptado para ella. Vivimos un tiempo muy felices; fiestas, eventos, bodas, viajes en familia, hicimos un círculo de amigos muy agradable, nos reuníamos cada viernes en casa de algunos de ellos, la pasamos bien.

Se acercaba la época decembrina y habían pasado varios meses que Marcela no veía a sus padres. Resolvimos ir a pasar esa Navidad con ellos. Para mí fue una Navidad fuera de lo ordinario, el 24 de diciembre se sentía una temperatura de 40 grados. Yo quería meterse al refrigerador por el calor. Todos se burlaban de mí, mandé fotos familiares donde todos estábamos en bermudas y yo bañado en sudor.

Luego de las celebraciones, los padres de Marcela me hablaron muy en serio.

- Estamos muy felices de que mi hija haya encontrado a un buen hombre - dijo Luciano-. En nombre de mi esposa y mío te quiero pedir que nos den la dicha de verlos felizmente casados. Mi hija se irá contigo a México para siempre y no sabemos si tendremos la oportunidad de verla otra vez. La vida se puede acabar en cualquier momento.

Me conmovieron mucho sus palabras, ver a esos dos viejos desvalidos recibiendo solamente lo que su hija pudiera darles, el miedo que reflejaban sus palabras y su mirada de dejar este mundo sin ninguna protección para ellos.

Acepté casarnos antes de regresar a México. Estuvimos hasta la segunda semana de enero, esperamos se reintegrara la gente a sus empleos y nos presentamos en el Registro Civil para casarnos.

Mi madre y mis hermanos no lo aceptaron de buen agrado, dicen que no era la manera de hacer las cosas, por lo que después en casa de mi madre hicimos un brindis e invitamos a los  amigos más cercanos.

Mi madre no se metía en nuestras vidas, solo observaba a Marcela y trataba de adivinar cuándo iba a dar su primer golpe.

Marcela se dedicó por un tiempo a tomar clases de danza,  ir al gimnasio, al modelaje, pero no se preocupaba por conseguir trabajo, no lo necesitaba, ella solo trataba de tener su tiempo ocupado, cuidar su cuerpo y mantenerse bella, como a mí me gustaba.

Luego de unos meses, curiosamente después de terminar sus cursos y tener sus reconocimientos curriculares, empezó a rechazar ir a las reuniones con los amigos, salir al antro de vez en cuando, cambió poco a poco su círculo personal de amistades; se reunía con pequeños grupos de la comunidad argentina, artistas, modelos, escritores, empresarios; lo cual yo veo con agrado, estos grupos aportaban algo positivo a su vida.

Sin embargo, mi madre lo que observaba era que poco a poco ella iba evitando la convivencia con los nuestros y se venía una separación de pareja. No lo creí, no lo sentía así, pensé que eran cosas de suegra recelosa. Tal vez mi madre no estaba de acuerdo con la forma en que se dieron las cosas con Marcela, para ella no hubo situaciones comunes y corrientes que pasan en una familia mexicana y por eso no le tenía confianza.

Corría el mes de noviembre cuando Marcela tuvo una semana que salía continuamente arreglada, con una pequeña maleta con un cambio de ropa, dijo que iba a un casting y así  por varias tardes. Nunca sospeché nada, confiaba que me decía la verdad. La observaba contenta, regresaba muy emocionada, curiosamente no me platicaba de qué era el casting, solo compartía que había estado muy bien.

Una tarde la seguí y no fue a ningún casting, fue al departamento de sus amigas argentinas. Tardó dos horas dentro, salió  cambiada de ropa, con el pelo recogido, tal vez mojado y acompañada de un hombre que por la descripción podría ser Matías. Subieron a la camioneta que le había dejado a Marcela y dejó que manejara él. Se dirigieron a un restaurante argentino ubicado en el sur de la ciudad. Pasaron una tarde muy agradable.

Me dirigí a casa y la esperé a que llegara, no supe  si enfrentarla o esperar que me confesara la verdad. Todos estos días que estuvo encontrándose con su ex marido, me tenía enojado, aturdido, confundido y muy decepcionado.

Como a las nueve de la noche llegó y dijo: vengo rendida, estuve muchas horas repitiendo tomas de fotografías.

No tuve valor para enfrentarla a la verdad, al día siguiente que era sábado, no  salió pero estuvo pegada al celular y encerrada en la recámara. Le propuse ir a Cuernavaca a pasar el fin de semana, no quiso salir porque dijo que tenía una invitación de sus amigas argentinas a salir el domingo a Xochimilco  y visitar unos museos. Obviamente no insistí y la dejé ir, sin ella imaginarlo la iba a seguir, descubrí que fue a llevar al aeropuerto al amor de su vida, a Matías. Continuará...

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