31 de may de 2020

*MHARANÍ

(Primera de dos partes)


Por OFICINA | martes 11 de febrero del 2020 , 06:39 p. m.

Por Dora Martínez

Con mi madre todo empezó mal. Siendo ella una joven de 21 años se enamoró de mi padre, un hombre de 40, seguramente la cautivó su trato y su labia porque físicamente no era un hombre agraciado, moreno, gordo, costeño, de malos modales y de oficio policía.

En cambio, mi madre procuraba siempre verse bien, a pesar de no ser tan bonita como ella creía, robusta, alta y morena, se distinguía de sus hermanas morenas chaparras y feas; le gustaba pintarse el pelo rubio, lo cual no le favorecía, pero no le importaba, vestía faldas cortas, escotes atrevidos y sandalias llamativas, provocaba los piropos de los hombres en la calle, parecía que a mi padre le agradaba lucirla como un trofeo merecido.

No conocí bien su historia de novios, debió ser un poco rara, Lilia mi madre era de un poblado de la sierra y mi padre nunca salió del puerto de Veracruz. Mis abuelos me cuentan que parecían una pareja enamorada, fueron padres al año de casados, nació mi hermano Augusto, un chamaco inquieto, latoso, rebelde, indisciplinado, grosero, pero de físico parecido a mi madre, a diferencia de que siempre fue flaco y dedicado a los deportes, fue el dueño del reino familiar y el amor de todos, sobre todo de las tías hasta que tres años después nací yo: Maharaní (título hindú de emperatriz).

Heredé todas las características físicas de mi padre, dicen que la primera hija es la versión femenina del padre y yo no fui la excepción. Era gorda, morena y mis ojos rasgados, labios gruesos y mi nariz chata no me hacían ser una muñeca; odiaba mi pelo rizado, parecía una escoba vieja. Creo que no aceptarme como soy fue parte esencial del problema. Crecí viéndome despeinada, desarreglada, la ropa siempre me quedaba mal, siempre lastimada por la gente de mi entorno, solo algunos de mi familia me querían. Fui muy reprimida y desvalorada.

Luego ocho años después nació la chiquita y bonita de Olivia, una niña blanca y rubia como el sol, era el vivo retrato de mi tía Saraí, hermana de mi padre y también por ser la chiquita era muy consentida. Esto me lastimaba en lo profundo de mi corazón, veía las claras preferencias; le compraban todo, llegaban con un regalo para ella todos los fines de semana y a mí apenas me saludaban, no recibía ni un abrazo o un beso ni al saludar ni al despedirse. Odiaba que fueran a visitarnos.

En una época mi madre se fue a tomar cursos de estilista y trató de poner un salón de belleza, pero el dinero no alcanzaba y asistía a los domicilios de sus escasas clientes. Las veces que me llevaba con ella era un martirio permanecer sentada en el suelo bajo sus rodillas sin poder ir a la puerta de la casa que visitábamos. Yo contaba con escasos siete años cuando esto ocurría. Mi madre no podía con su panzota de embarazada y conmigo, pero para todo me decía no te muevas, siéntate ahí. Yo permanecía hecha bolita jugando abajo de la mesa, no me atrevía a mirar a las personas de la casa nomás de la pura vergüenza.

En mi escuela primaria siempre fui la gorda del grupo, la fea, la greñuda, la cara de torta y muchos otros apodos más; sin embargo, yo era feliz cuando jugaba con niñas de otra condición social porque les prestaba mis muñecas, yo era la que llevaba la cuerda de brincar y la pelota de regalo de reyes. Al menos con ellas me sentía aceptada, mis compañeritas no me ofendían ni les molestaba mi imagen, decían que yo era buena amiga porque compartía con ellas todo. Cada nuevo ciclo escolar para mí era un suplicio, significaba nuevos compañeros y sufrir carrilla de otros niños. La etapa de la primaria fue muy triste y difícil para mí, no la pasé bien, no tengo buenos recuerdos.

En esos días recuerdo que empecé a notar que mi madre estaba muy molesta con su embarazo, parecía que era un problema tener un tercer hijo. Pasó muchas molestias, engordó muchísimo, ella decía que se había arruinado su belleza.

Cuando nació Olivia y vio lo parecida que era a la familia de mi padre, no lo pudo soportar. Peleaba continuamente con mi padre y le prohibía llevarnos con las tías y la abuela, para evitarlo nos arreglaba a los tres hijos y nos llevaba al pueblo de su familia durante tres o cuatro días. Nosotros disfrutábamos ver a los abuelos en su vida en el campo, correteábamos a las gallinas y le poníamos nombre a los pollitos. Nos subían a un burrito y nos llevaban a repartir la leche.

¡Éramos felices! terminábamos el día chorreados y revolcados de tierra. No nos salvábamos de las regañadas, pero disfrutábamos mucho que nos bañaran con la manguera, sentir el agua fresca y mi madre jugaba a hacernos cosquillas con los chorros a presión. Fueron momentos muy muy felices. 

Mi madre platicaba con la abuela… mejor dicho despotricaba en contra de mi padre y le contaba todos sus pesares. A la abuela le dolía ver a su hija sufrir, le aconsejaba dejarlo y dejarnos con nuestro padre para que valorara lo que ella hacía por sus hijos.

-           Te dije que ese hombre tan mayor no iba a ser tu esposo, te dije que iba ser tu padre, que te iba a tratar como una niña. Le gritaba la abuela.

-           Él no era así mamá, ha cambiado mucho, se ha vuelto celoso, violento y prepotente, muy agresivo, yo no me le enfrento porque trae la pistola, creo que le da malos ejemplos a Augusto, el niño se me está volviendo muy rebelde.

-           Déjame aquí a este escuincle y lo enderezo de tres varazos en las nalgas, es lo que les hace falta para educarlos. Nomás ve lo consentida que tienes a esa chiquilla y lo descuidada que traes a Maharaní. Parece tu adoptiva, ¡caray date cuenta de lo que haces!

-           Augusto ya no quiere estudiar y anda vagando a veces, se escapa de pinta y no llega a la escuela. Me reportan seguido que no se presentó y ¿qué crees que hizo el otro día?, llevo una caja de balas a la escuela y presume que su papá tiene pistolas. Me lo suspendieron tres días y él feliz.

 Maharaní y Olivia le tienen mucho miedo, ya no es cariñoso con ellas, les prohíbe todo.

-           Mira hija cuando te decidas a dejarlo me traes a los chamacos y acá te ayudamos.

Así eran las conversaciones que discretamente escuchaba. Podía darme cuenta de que nuestra vida iba a cambiar para bien o para mal.

Al regresar a casa el domingo por las noches continuaban la pelea donde la habían dejado. nosotros los hijos fuimos la parte medular de los problemas de mis padres. Entre prohibiciones, castigos, negación de permisos y violencia familiar pasamos parte de la infancia.

Mi madre por fin decide separarse y nos lleva a vivir a otra ciudad, no fuimos con la abuela como yo lo hubiera imaginado. Llegamos a San Carlos, mi madre empezó a trabajar de cajera en un supermercado, a mi hermano lo metió a un equipo de futbol para encaminarlo en el deporte, a Olivia la metió a clases de gimnasia y a mí me ignoró, yo por gorda no podía hacer deporte, por gorda no podía tomar clases de nada ni de baile ni de danza ni de nada. Una vez más me humillaban.

Hice la secundaria en ese pueblo, en escuela federal pública y el ambiente no era muy sano, a la hora de la salida había peleas todos los días, en los salones de los de tercer grado se sabía que hubo quienes tuvieron sexo oral. Yo había crecido un poco y ya no estaba tan gorda, pero como había acostumbrado a usar ropa más grande de mi talla y continué vistiendo ropa holgada pero negra, yo juraba que me haría ver más delgada… medía 1.70 mts. y pesaba 86 kilos, mi figura era redonda, con panza y poca chichi y sin nalgas.

Por las tardes al llegar a casa comía sola y con desgano, mi madre trabajando y Olivia llegaba hasta las 6 de la tarde. Ese tiempo a solas me llevaron por mal camino, veía pornografía en internet y buscaba información acerca del sexo, mis despertares sexuales comenzaron a aparecer. Compartía información con otras chicas de la secundaria a escondidas. Nos platicábamos que si ya reglaban o si ya tenían vello púbico. Por medio de fotos en el celular me enseñaban sus corpiños o sus primeras tangas. La adolescencia y las primeras calenturas aparecieron en mis cortos 13 años. Continuará...

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