4 de dic de 2021

*LOREDANA. (Segunda parte de cuatro)

Por Dora Martínez


Por OFICINA | martes 6 de abril del 2021 , 04:40 p. m.

¿Qué sucedió? la versión que nos contaron fue que cuatro hombres entraron en una camioneta de mantenimiento y reparaciones de casas porque iban a arreglar un problema de luz, entraron, rompieron una puerta de aluminio de la cocina; cuando mi padre baja lo encañonaron y le dijeron: Venimos por tus viejas ¡Háblales, diles que bajen! Mi padre en lugar de llamarnos dijo: ¡corran ,salgan, huyan! y le metieron tres balazos.

Según iban a secuestrarnos y a dejar a mi padre libre para pedir rescate. Mi hermana y yo estuvimos cinco días o más, no lo recuerdo claramente, en la casa de Sonia y su esposo, no fuimos a la escuela y no nos dejaban sacar ni la mano por la ventana, yo pasé muchas noches con pesadillas, tal vez mi hermana estaba más consciente de lo que pasó, la notaba muy callada y pensativa, tal vez asustada e introvertida, ella normalmente no era así sino mandona y gritona… conmigo, ya saben, ante mi mamá era la más dulce y consentidora, pero su conducta era radicalmente diferente.

Mi mamá se quedó con la policía y pudieron entrar a la casa, no recuerdo tener información de los hombres en ese momento sino hasta tiempo después. Llegó la policía junto con el agente del ministerio público y dejaron entrar a mi madre a vestirse y se la llevaron a declarar.

Mientras se hacían las investigaciones en casa, reportaron que la camioneta estaba en el parque del fraccionamiento, la policía judicial rodeó el lugar y agarraron al grandote moreno y al que le disparó a mi padre, se los llevaron detenidos. De los otros dos no supimos de ellos ni los vimos. Fue una noche interminable.

Los días siguientes para mi madre fueron un infierno. No sabía por dónde empezar, la primera decisión fue enviarnos a la casa de la abuela a la Ciudad de México (quién más nos podría cuidar y recibir); luego de las investigaciones que fueron lentas y largas mi madre decidió incinerar a mi papá y lo trajo a la ciudad a poner sus cenizas en una capilla familiar. Días después acompañada de sus hermanos fue a hacer la mudanza de la casa y llegamos a vivir a Ciudad Satélite, a una residencia que era propiedad de los abuelos.

Mientras tanto la policía fue informando sobre la investigación y encontraron que los delincuentes eran hermanos y primos; uno de ellos le debía dinero a mi padre por un préstamo de millones de pesos, mi padre le pidió en garantía las escrituras de su casa, mi padre hizo efectiva la garantía al ver imposibilitado al hombre de pagarlo y lo dejó sin su vivienda y los desalojaron por orden judicial.  Este hombre planeó un secuestro para recuperar dinero, poder pagar la deuda y recuperar su casa. Se declaró culpable del homicidio y estuvo muchos años en la cárcel.

Mis tíos se encargaron de las casas de empeño durante varios años hasta dejarlos en manos de personas que no fueran de la familia sino empleados de confianza. Como eran negocios de mi madre, al pasar a manos de personas que quedaron bajo el control de sus hermanos, nosotros teníamos una situación económica diferente. Le daban a mi madre dinero suficiente, pero no de sobra. Nos metieron a las mejores escuelas de la zona y nuestra conducta era tan a la defensiva que de varias escuelas nos corrieron. Nos asustábamos de todo, nos bulearon terriblemente, nos decían niñas del campo, provincianitas, trenzudas...

Pasaron años de terapia para sobreponernos a la desgracia. Sufrimos delirio de persecución y en ningún lugar nos sentíamos seguras. Recuerdo que cerca de nuestra nueva casa vivía gente famosa de la televisión, por las tardes llegaba una patrulla de seguridad privada y permanecía estacionada hasta el día siguiente, en mi cabecita infantil creía que nos cuidaban a nosotras.

Ya teníamos las camionetas blindadas y el chofer nos llevaba a la escuela; yo había entrado a preprimaria en un colegio de monjas y mi hermana a la primaria en tercer grado. Aunque estábamos en edificios diferentes, era el mismo plantel, a veces nos veíamos en el recreo a las 10.30 de la mañana. Creo que mi hermana lo hacía para asegurarse de que yo estaba bien, cuando a mí lo que me ocupaba era jugar y divertirme en la nueva escuela, sólo me asustaban los ruidos fuertes o los gritos de los niños jugando; el miedo me daba en mi casa. Presentía que algo iba a pasar de nuevo, me asustaba el ruido de las puertas o cuando alguien tocaba el timbre o un claxon.

Mi mamá volvió a su costumbre de reunirse con las mamás del colegio y se iba a sus desayunos.  Después de un año, ella conoció a un hombre que se mostró muy comprensivo por su viudez, la cuidaba mucho y se integró con nosotras muy bien, pero había algo que ocultaba o no contaba mucho sobre su pasado. Era un hombre de aproximadamente 30 años, se ganó la confianza de todos y se convirtieron en pareja por un par de años. Nos abandonó y se marchó.

Cuenta mi mamá que se fue porque la consideraba una loca, en realidad mi madre estuvo en terapia desde que llegamos a Satélite;  tuvo trastornos de sueño, de conducta, depresión, y muchos otros males. Yo desconocía los antecedentes del porqué mi mamá a veces era de una forma y en otras, estaba loca;  años después entendí que era bipolar y muy conflictiva en su relación de pareja.

Mientras mi mamá era feliz con su guapo compañero, un día enfermé de la garganta al grado de que tuvieron que operarme; estuve hospitalizada tres días, una noche mientras mi madre salió a cenar, uno de los médicos practicantes entró a mi habitación, me checó la temperatura, me revisó la boca, se acostó junto a mí y me empezó a acariciar, hablaba bajito y cariñosamente me decía que era muy bonita y valiente.

En tanto deslizaba despacio su mano por mis piernas; enmudecí del miedo, lloraba en silencio y le jalaba la mano con todas mis fuerzas, pero una niña de seis años no podía con la fuerza de un muchacho. Se subió sobre mí y me penetró con sus dedos, sufrí un dolor tan fuerte que grité y babeaba sangre de la herida de mi garganta. El médico fue al baño y se limpió no supe de qué exactamente y me dijo: no le digas a nadie de lo que pasó, al rato vengo a verte… duérmete pequeña.

Mi mamá tardó porque fue a casa a traer ropa cómoda para pasar la noche conmigo. Me encontró hecha bolita en la cama, tapada hasta la cabeza con la sábana, escondiéndome de todos. Se asustó mucho y preguntó qué había pasado. Con el temor de la amenaza del doctor no le dije nada, pero no paraba de llorar, hasta que el sueño me venció.

Llegó otro doctor como a las 11 de la noche y yo seguía dormida y decidió no despertarme, en el turno de las 6 de la mañana me checaría mi pediatra.

Cuando llegó mi doctor me revisó y yo temblaba de miedo, me preguntaron qué me pasaba y entre lloriqueos les dije lo que sucedió.

El pediatra me revisó y tuve un goteo de sangre en la cama y varios rasguños en mi vagina. Mi madre se puso muy loca y el doctor la llevó a levantar una denuncia dentro del mismo hospital. Me dieron un alta bajo carta responsiva de mi madre y me llevaron a casa. El caso contra el doctor de guardia siguió por un tiempo sin poder comprobar el hecho porque no lo dije esa noche, él siempre lo negó y únicamente fue despedido del hospital.

Estando convaleciente en casa,  mi madre fue a llevarme nieve de limón, como toda la semana, se sentó en la cama y mientras me daba cucharadas me dijo: quiero hablar contigo sobre lo que pasó en el hospital, es un secreto que yo he guardado y te lo voy a compartir para que sepas que te entiendo muy bien sobre todo el miedo que tienes. Continuará...

 

ÚLTIMAS NOTICIAS


ARCHIVO