4 de dic de 2021

* LOREDANA

(Primera parte de cuatro)


Por OFICINA | martes 30 de marzo del 2021 , 04:15 p. m.

Por Dora Martínez

En mi niñez viví en una de las ciudades más peligrosas del país con un alto índice de secuestros y ejecuciones, la ciudad de la eterna primavera.

Tengo recuerdos tan tristes que guardo tanto en mi memoria como en mi corazón con mucho dolor; a pesar de que han pasado 30 años de estos acontecimientos hubo otros que han ido mermado mi confianza en la gente y sobre todo en las parejas;  algunos conflictos de índole familiar y otras terribles experiencias me dieron mi primer golpe con el asesinato de mi padre y el secuestro frustrado de mi madre, La historia fue así…

Recuerdo que tenía cuatro años o cinco tal vez, mi hermana como ocho.

Mis padres se dedicaban a administrar las casas de empeño y préstamos que eran de mis abuelos maternos, en realidad la dueña de esos negocios prácticamente era mi abuela,  quien  a su vez los había ido heredando de sus padres que en épocas pasadas fueron llamados “agiotistas, prestamistas, usureros”; así fueron haciendo fortuna a costa de usurpar propiedades a cambio de préstamos monetarios.

Las leyes fueron cambiando al paso del tiempo y a mi abuela le toca poner en orden y bajo leyes esos “negocios”,  hasta llegar a lo que conocemos como “casas de empeño”. Mi abuelo fue una persona estricta y dedicada a cuidar y educar a sus hijos, en ese tiempo la cultura machista era predominante, pero desde la generación de mis abuelos crecimos bajo el matriarcado de doña Alma.  Mi madre, la menor de cuatro hermanos varones, era una persona dedicada al hogar y al cuidado de sus hijas y a su complicada vida social.

Toda la familia materna se dedicó a este negocio en diferentes ciudades, mis tíos en Guadalajara, Jal.; León, Gto.;  Veracruz y Ciudad de México, cada uno. Mis abuelos radicaban en la ciudad de México en una de las zonas privilegiadas de la clase alta, sólo dedicados a disfrutar de su vejez y a supervisar a través de los hijos el bienestar de los negocios y a hablar con sus asesores legales que todo funcionara en orden.

Mi papá fue un hombre que le gustaba la buena vida que llevábamos, tenían camionetas blindadas y custodios, ya que era una persona conocida y corrían riesgo de cualquier ataque. Tenía un carro deportivo carísimo por puro gusto y capricho… casi no lo usaba, ocasionalmente lo movía para correrlo en carretera, imagino que si paseaban en el descapotado les hubieran dado un tiro en la cabezota.

Mi mamá frecuentemente salía a jugar canasta con las amigas o desayunos con las madres de nuestros compañeros de la escuela. Nunca me di cuenta de que hiciera alguna labor social o ayudara a fundaciones, asilos, hogares de niños o algo parecido. Nunca corrió por sus venas las labores altruistas, pero sí tenía una gran habilidad para los negocios… convencía a personas de otra condición económica de recurrir a su negocio a pedir préstamos e invertirlo en la educación de sus hijos, o comprar casa o iniciar un pequeño negocio, sabía cómo crearles una necesidad y tener clientes.

También en mi ámbito familiar se ejercía el matriarcado, mi papá jugaba golf y mi mamá conseguía clientes, llegaba a casa y ordenaba a los sirvientes, al chofer, los custodios estaban lejos de la casa, siempre afuera en los estacionamientos de visitas. Ordenaba lo que se comía ese día y de muy malos modos. Decía que así se ganaba el respeto de sus empleados, que no eran sus amigos. El matriarcado seguía poderoso.

Una noche de sábado mi hermana y yo nos encontrábamos jugando en la sala de televisión, nuestra casa era grande y lujosa, con jardín lleno de flores y árboles frutales, situada dentro de un fraccionamiento exclusivo en aquellos años. Mis padres se preparaban para salir a tomar la copa con otras parejas y amigos. De pronto se fue la luz y oímos un ruido muy fuerte en la cocina. Mi papá corrió a ver qué sucedía y gritó: ¡Corran! ¡Salgan de la casa, huyan! Entre el susto, la confusión y la oscuridad, mi mamá no tardó en reaccionar, estaba en pants y descalza, fue por nosotros al sillón de la salita, nos agarró fuerte de los brazos y, mientras salíamos por la ventana del baño que daba una escalera que bajaba al cuarto de servicio… se oyeron tres balazos.

Mi madre gritaba como loca ¡corran, corran ,corran! Nosotras tan pequeñas apenas podíamos apurarnos, mi madre me cargó en su cadera y corrimos hacia la barda del jardín, nos trepó como pudo para poder saltar. Nos persiguió un hombre moreno grandote que nos vio salir por la ventana del baño, no cupo fácilmente y tuvimos ventaja en el jardín. Mientras mi madre nos empujaba para subir a la barda, el hombre la alcanzó y le dio unos golpes en el cuerpo y la tiró, mi madre lo pateó en la cara y se pudo incorporar para empujarme, luchó con el desconocido y éste le rompió la ropa.

Pero mi madre pudo trepar por el árbol y saltó. Caímos del lado de un garaje con jardín y amortiguamos el golpe, bueno no mucho…  sí me lastimé los brazos,  mi hermana la cara y la cabeza. Mi madre se raspó por todos lados, corrimos hasta la entrada del fraccionamiento hasta llegar a la caseta de la entrada y llamaron a la policía.

Resguardadas en la caseta de control esperamos muchas horas. No teníamos parientes ni familia alguna ni a donde ir; a mi madre se le ocurrió llamar a su amiga, pareja con las que iban a salir y nos llevaron a su casa. En mi memoria solo hay estas escenas. No volví a ver a mi papá.

Continuará...

ÚLTIMAS NOTICIAS


ARCHIVO