4 de dic de 2021

*Cele. 20/07/2021

(Última de tres partes)


Por OFICINA | martes 20 de julio del 2021 , 04:43 p. m.

Por Dora Martínez

 

Viéndome en la necesidad de proteger a mis hijos del mal ejemplo de su padre solicité la separación por medio de mi suegro, quien siempre me protegió; fue buen mediador y el único que tenía autoridad sobre sus hijos; lamentablemente él nunca dejó el alcohol y regresó a vivir bajo el cobijo de sus padres, recuperó su vida de soltero y se dio a la parranda… Anduvo con muchas mujeres, una que otra casada. Recuerdo que una vez cortejó a una vieja casada con un policía federal y cuando los cacharon le dieron una golpiza que lo dejaron como santo Cristo y en el hospital, a la mujer la echaron a la calle…el policía la abandonó y desapareció de Tula -a nadie le gusta verse como el cornudo-, pues no le creyeron nada.

Literalmente ella se convirtió en una callejera. Así tuvo varias historias de andar con una y con otras; casadas, solteras, foráneas, decentes e indecentes. Comencé a acumular rencores, por su comportamiento, por el rechazo de su familia, por la traición y la infidelidad y sobre todo por la mentira y los engaños.

Aunque ya nos habíamos mudado del hotel fuimos a rentar una casa en la misma calle, cada mes era un martirio buscarlo para pedir el dinero de la renta y la comida. Muchas veces se dio el lujo de humillarme y negarme el dinero; recurrí a mi salvador, mi suegro lo regañaba como a un niño para cumplir con su obligación de padre. Yo pensaba que no merecía que me tratara así, fui la madre de sus hijos. Deseosa de que la situación cambiara en lo económico y por defender mi dignidad, tomé la decisión de pedir el divorcio.

En este capítulo de mi vida tenía 35 años aproximadamente, ser madre de cinco hijos me llevó a vivir una etapa muy complicada para salir adelante. Al solicitar el divorcio mi objetivo era que la ley lo obligara a cumplir con sus hijos.

Un buen día apareció un patán llamado abogado (muy amigo personal del señor)  a presentar un convenio para el divorcio donde se especificaba que daría tal cantidad mensual y el pago de escuelas hasta que terminaran de estudiar; hicimos trámites y firmamos el papel; otras rayitas al tigre…

Curiosamente la situación seguía igual, al inicio de mes se desaparecía y por días enteros no se presentaba para darme la pensión; desconociendo cuál era la razón y desesperada de no tener para comer, empecé a trabajar primero dando clases de tejido, preparando pasteles para fiestas infantiles, que me encargaban mis amigas y para algunas personas con quienes me recomendaban; luego tuve trabajos temporales, atendí la venta de boletos en la taquilla del Circo Atayde y finalmente un trabajo estable cuando se abrió el Cine Rojo, duré muchos años con ese trabajo.

Mis hijos mayores cuando tuvieron edad para trabajar ayudaron mucho en la economía del hogar, todo ingreso sumaba; luego mis hijas mayores se casaron a los 18 años, me quedé a cargo de dos jóvenes estudiantes y mi pequeña que iba en primaria. Mis hijos empezaron a trabajar en periodos vacacionales; con los tíos repartiendo tortillas, haciendo trabajos sencillos de pintura y limpieza;  ahorraron su dinero para comprarse ropa, iban en prepa y ya no portaban uniforme.

Estuve preocupada por mis padres, estaban enfermos y cada que podía iba a visitarlos, a mi padre lo vi debilitarse muy rápido hasta que un día me avisaron que mi papá había muerto a causa de una enfermedad pulmonar; lloré por él todo el resto de mi vida…

Luego de un tiempo mi madre se casó y tuvo otros hijos casi todas mujeres, se cambió de pueblo y la dejé ver un tiempo, mientras yo pasaba por otros problemas.  Diez años después mi madre murió de un paro cardíaco; no hubo manera de ayudarla y salvarla, estaba en su casa y cayó de repente, la mayor de sus hijas con nueve años y las otras más pequeñas, se quedaron al cuidado mis hermanas más chicas.

Volvió a aparecer la tía Esperanza y arropó a una para llevarla a estudiar, pero no quiso y después de tres meses de convivir con la tía en iguales circunstancias de encierro y control, regresó a su casa donde vive hasta la actualidad.

Pasaron los años hasta que mis hijos terminaron sus carreras y a partir de ahí el señor no aportó ni un peso más. Afortunadamente seguí trabajando, pero ese rencor que sentí por él se convirtió en odio.

Cuando la pequeña entró a la preparatoria, se volvió mala estudiante y viendo la necesidad económica, tomé la decisión de conseguirle un empleo, repetí la historia de mi abuela, mi hija con 15 años no tenía edad legal para trabajar; por medio de amigas pudo entrar a una empresa donde ganaba cinco mil pesos al mes- era un dineral en ese tiempo-. Alcanzaba para pagar la manutención de mis hijos, la renta y comida, pues sólo éramos ella y yo.

Fue una bonita época y no entendí el sacrificio de mi hija,  seguí con la idea de que debía ayudar y no reparé en pensar lo que ella quería; no volvió a la escuela hasta que apareció el hijo de la tía y se la llevó a estudiar la preparatoria a México; rebelde y brava de carácter, se independizó y trabajó en la ciudad hasta que pudo retomar los estudios.

Uno de mis hijos es médico y otro ingeniero, mis hijas convertidas en madres me dieron la dicha de tener cuatro nietos. Luego se casaron mis hijos y también tuve otros nietos, en total son once. Todavía pude ver a diez bisnietos y dos tataranietas hermosas. Seis generaciones desde la abuela Belén hasta mis dos pequeñas tataranietas.

Dios me llamó cuando recientemente había cumplido los 93 años. Me llevé a la tumba resentimientos, rencores, odios; no logré otorgar el perdón a algunas personas ni pedí perdón a las que pude haber ofendido o lastimado; me fui con malos sentimientos… Dios me juzgará. FIN

 

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