4 de dic de 2021

Cele 2

(Segunda parte de tres)


Por OFICINA | martes 13 de julio del 2021 , 05:42 p. m.

Por Dora Martínez

 

 

Las puertas de la casa se cerraban a las siete de la tarde y así fueron varios años.  Mientras tanto el día de mi descanso pedía permiso para ir a jugar voleibol a las canchas públicas donde se organizaban torneos; mi abuela daba su consentimiento siempre y cuando fuera con alguna amiga digna de confianza, algunas eran del equipo de la primaria y otras amigas que fui conociendo en el trabajo.

Cuidado, era su palabra preferida para advertir que no me juntara con gente que no correspondiera a nuestro nivel, supervisaba quienes eran esas muchachas y de qué familia provenían. Mi abuela siempre me dijo “mira hacia arriba, aprende de la gente que es mejor que tú”;  hice amistad con las hijas de los ingenieros que trabajaban en las cementeras de la zona, ellas vivían en zona exclusiva de las fábricas.

Eran como una colonia privada con casa club, alberca, cancha de tenis, áreas de canchas para voleibol, futbol y hasta golf. Mi abuela estaba muy complacida de mi convivencia con esas personas, creo que desde ahí empecé a tener esa actitud de arrogancia, altivez y de soberbia que a lo único que me llevó en la vida fue a tener un grupo muy selecto de amistades.

A pesar de que nosotras no pertenecimos a esa clase social porque siempre fuimos pobres, nada de lujos, a diferencia que esas familias tenían coche y viajaban a la Ciudad de México a hacer compras y nosotras compramos ropa en el mercado local, ah, pero eso sí de buen gusto. Mi tía se encargaba de ayudarme a vestir bien,  nunca salí a la calle con un delantal o zapatos sucios.

En esa época de mis 18 años empezaron a aparecer los pretendientes y me apretaron un poco más la rienda… mi rutina era ir de la casa al trabajo y viceversa, “cuidadito" y llegara unos minutos tarde, parecía que me tenían medido el tiempo para caminar, no podía detenerme a platicar con alguien o saludar o desviarme, me podían castigar si lo hacía…

Un día me acompañó un pretendiente en el camino a mi casa y me dejaba una cuadra antes de llegar; no sé cómo los hombres soportaban esas situaciones para conquistar a alguien. Tuve un pretendiente que era de una población cercana a Tula, guapo, adinerado, pero bien ranchero,  su familia tenía flotilla de camiones y vendían maíz por toneladas, cuando me cacharon, me castigaron sin salir un tiempo. “Date a deseo y olerás a poleo”, me repetía mi abuela,  ni idea de qué era el poleo, pero el sermón fue largo.

Mira hija, me decía, fíjate en un hombre que tenga clase y dinero, para que tenga algo que ofrecerte, no te fijes en un ranchero que te tenga encerrada y llena de hijos. Los hombres se van cuando les da su gana y te dejan, aunque sea rico. Nunca entendí por qué esa exigencia si nuestro origen era de un rancho tan lejano donde todos éramos pobres o todos iguales de ricos viviendo en una tierra maravillosa, que yo siempre dije que era otro país.

A partir de este suceso mi tía daba el visto bueno a mis amigos. Tuve varios pretendientes, amores platónicos y otros amores imposibles, me enamoré de amigos que se hicieron novios de mis amigas, jamás pensé en traicionar la amistad y fueron mis mejores amigos durante mi vida.

Algunos otros fueron rechazados por atrevidos, querían tomar mi mano a las primeras de cambio y otros me decepcionaron porque se convirtieron en “jotos”, guapos pero amanerados.

De pronto apareció un guapo y atractivo joven que era originario de Tula, hijo de uno de los comerciantes más visionarios del pueblo, dueños de un hotel, tienda de abarrotes, panadería, etc.; por supuesto un junior. ¡Así sí! dijeron mi abuela y tía. Empezamos a conocernos y fuimos novios un par de años, nos casamos y fuimos a vivir con su familia en el hotel donde nos asignaron un piso que fue nuestra casa.

Resulta que todas nos dejamos llevar por las apariencias, el junior era un flojonazo, no sabía trabajar, pero sí sabía gastar dinero, no puedo negar que mientras fuimos novios paseábamos en coche un ratito, no era bien visto andar con el novio en coche -cuando menos en el siglo que me tocó vivir-. 

Topándome con esta realidad decidí trabajar con mis suegros en los negocios, atendí un tiempo la tienda de abarrotes y la panadería, llevaba la parte de la administración y contabilidad y en algunas horas despachaba y contaba el pan cuando se juntaba la gente por las tardes y en las mañanas ayudaba a despachar los abarrotes.

Muy temprano a las ocho de la mañana ya estaba abierta la tienda y el pan caliente salía del horno más temprano. Así que yo estaba lista a las 7 para abrir los negocios; conté con la fortuna de que mi suegra cuidaba de mis pequeñas hijas y cocinaba delicioso, por ese lado me apoyaron siempre; fueron jornadas de trabajo pesadas y largas.

Llegó el momento en que mi suegro le dijo a su hijo, “te pones a trabajar para mantener a tu familia”, entonces puso una cantina chiquita en los locales que tenían,  mi esposo mostró una gran habilidad para atenderlo y empezó a beber, a tener muchos amigos, era bueno para las relaciones; ayudó que en ese tiempo llegaron a Tula muchos obreros a trabajar en la obra de la presa y permitió que tuviera mucha clientela, tuvo buenos ingresos y se compró su primer coche. Viajamos a otros lugares para visitar a sus parientes e íbamos gustosos con nuestros hijos.

Yo lo amaba mucho, tuvimos cinco hijos, pero cada vez era más difícil la convivencia, nuestro matrimonio se vio afectado por su adicción al alcohol. Se acabó el negocio de la cantina y mi suegro le dio el manejo del otro negocio. Continuará...

 

 

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