4 de dic de 2021

*Cele.

(Primera parte de tres)


Por OFICINA | martes 6 de julio del 2021 , 05:26 p. m.

Por Dora Martínez

Nací en el año 1925 en un pequeño poblado de la Huasteca Hidalguense, terruño lleno de flores y hermosos paisajes pese al peligro de veredas y abismos de la Sierra Madre Oriental. Mi familia está compuesta por siete hermanos y yo.

En este lugar tuve una infancia muy feliz, mis juegos favoritos fueron trepar a los árboles y robar la fruta de nuestro propio huerto -qué inocentes éramos-, mis padres eran dueños de grandes extensiones de tierra productiva, teníamos flores, árboles frutales, plantíos de plátanos, cosechaban otros frutos y ganado; recuerdo que es una zona de mucho calor, mi padre tomaba café para quitarse lo acalorado…yo odiaba el verano cuando teníamos temperaturas muy altas.  Asistí a una escuela rural muy pobre, solo llevábamos un cuaderno, los libros de texto gratuitos eran de la escuelita, íbamos tres o cuatro niños de cada grado.

Mi padre montaba a caballo para ir a otras localidades y cruzaba ríos caudalosos, en época de lluvia había muchos derrumbes en la Sierra y recuerdo su imagen vestida con botas altas y con gabán de cuero con su sombrero bien ajustado.

Me gustaban los caballos, los animales de rancho, gallinas, etc. Por eso creo que mi generación llevamos una alimentación y una vida sana, por ello fuimos longevos desde mis antepasados, así como muchas cosas en contra; por ejemplo, no había transportes, caminos para coches, solo brechas de terracería. Tardó un tiempo en llegar la luz eléctrica y dormíamos temprano al caer la noche.

A veces cuando íbamos de visita con los parientes que vivían a unas horas a caballo, me daba terror ver los abismos y en algunas zonas frías cuando bajaban las nubes y la neblina tapaba el camino. Ir a Huejutla era una aventura peligrosa.

La familia que visitamos eran mis tíos y mis primos se convirtieron en unos famosos cantantes huapangueros. Tal vez conozcan al famoso compositor de  “El Hidalguense”, hasta la fecha de su muerte vivió en Huejutla.

Después de la muerte de mi hermano mayor emigramos a Tula, dejamos atrás toda una bella historia que cerramos con la pérdida de mi hermano; los hermanos de mi padre se quedaron a cargo del rancho y nunca pude regresar a mi pequeño “país".

Ya establecidos en San Marcos, poblado aledaño a Tula, un buen día apareció mi abuela Belén y la tía Esperanza y me llevaron a vivir con ellas a Pachuca con el fin de darme oportunidad de apoyarme en los estudios, ellas dedicadas a la educación preescolar y primaria, me inscribieron en una escuela que me impactó tremendamente por su tamaño y todo: los pupitres, el salón de música, su limpieza rechinaba, yo venía de una escuela que no tenía piso firme.

Mi clase favorita era la de música amenizada por mi abuela, quien sabía tocar el piano; recuerdo que desde los 11 años me gustaba jugar voleibol,  antes en mi pequeño lejano país brincábamos la reata enorme que agarrábamos a cuatro manos en cada extremo para poder darle vueltas; regresábamos de la escuela todos revolcados de tierra con los pies polveados hasta las rodillas.

Regresamos a Tula, pero esta vez mi abuela y tía también emigraron ya que era supervisora de zona de jardín de niños y la promovieron a Tula y mi abuela siguió con las clases de música, a donde iba su hija iba ella; aquí en Tula seguí jugando voleibol y formamos un equipo de niñas grandes que representaba a la primaria donde asistí.

Mi familia se mudó a una casa pequeña donde apenas había espacio para mis padres y mis seis hermanos, dada esta situación mi abuela me tomó bajo su tutela y viví con ellas por largo tiempo -aparte que no nunca me gustó vivir en San Marcos-; cursé dos años más y terminé la primaria.

Durante un tiempo no estudié, mi abuela me metió a la casa a aprender a cocinar, luego a planchar y me dediqué a las labores de casa mientras ellas trabajaban. Me dejaban bajo llave y no salía ni a comprar las tortillas; me pregunté muchas veces si hubiera sido bueno vivir con mis padres y tener más libertad… Sólo salía a las compras al mercado cada fin de semana y un domingo al mes iba a visitar a mis padres.

Al cumplir mis quince años mi abuela me dio un gran regalo, me consiguió un empleo, entré a la  “La Botica”  primero de aprendiz para preparar recetas, lo difícil era entender la letra del médico, interpretar la receta era leer otro idioma; digamos que hice un diplomado de química, preparaba pomadas, jarabes, ungüentos, cremas, soluciones antisépticas, hasta aprendí a hacer pasta dental.

Mis patrones eran una familia honorable y siendo amistades de mi abuela me capacitaron con mucha paciencia, aprendí los símbolos de la tabla periódica sin saber qué cosas eran, aprendí a interpretar los gramos y las combinaciones para las fórmulas,  lo cual me convirtió en una buena empleada, además de que me cuidaban como a una hija.

En mi adolescencia y juventud cambió mi rutina, mi abuela me apretó la rienda y debía estar siempre echándome ojo, además fui criada con costumbres muy estrictas -con chaperón hasta para ir al pan-, como me mandó a trabajar iba por mí a la salida del trabajo, la recuerdo bien, erguida,  chaparrita, envuelta en su chal,  parada afuera sin quitar la vista de la puerta hasta que yo aparecía. Me tomaba del brazo y caminábamos a la casa. Claro que preguntaba cómo había estado el trabajo y escuchaba todo lo que yo había aprendido ese día;  me decía pórtate bien y no decepciones a los señores Salgado. Continuará...

 

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