25 de oct de 2021

Nadia perdió a su marido en las pestilentes aguas

*La viuda se siente desamparada; sin el padre de su hija, sin apoyo ni trabajo y sin casa.


Por OFICINA | martes 12 de octubre del 2021 , 03:57 p. m.

*Él estaba internado por covid 19 en el inundado IMSS de Tula.
 
Por MARLENE GODÍNEZ PINEDA

 

Nadia se levantó alrededor de las 5:30 de la mañana del 7 de septiembre; había soñado a su esposo que le hizo escuchar esa canción que les recordaba cuando se conocieron. No supo por qué, pero llegó hasta Tula buscando señal en su celular. Caminó por la calle Allende y se topó por primera vez con esa gran inundación en la calle 5 de Mayo.

Su instinto la hizo llegar a las vías y vio cómo las aguas negras cubrían casas y negocios. Pensó que, al IMSS, donde estaba internado Carlos su esposo, no podía haber llegado el agua. Se enteró que a los enfermos se los habían llevado a la clínica de Tepeji y sin pensarlo llegó al vecino municipio donde por muchos vivió con él en familia.

Preguntó y le dijeron que estaban por llegar porque todavía tenían que acondicionar el área para los enfermos de covid. Se esperó sin saber cuánto tiempo pasó. Por información que ya circulaba al momento se enteró que había ya diez muertos en el IMSS, para entonces ni siquiera le pasaba por la cabeza que uno de ellos fuera Carlos.

Regresó a Tula como pudo, porque traía poco dinero e incluso vestía ropa de dormir; llegó hasta el puente Métlac desde donde se coordinó el rescate en lancha de los cuerpos ya inertes de pacientes covid y el personal médico también que desde la tarde-noche anterior había ya pedido ayuda con videos, donde se veía luz del día.

Por ello, Nadia no se explica por qué el acta de defunción de su marido hace constar que murió a las 11: 38 de la noche del lunes 6 de septiembre. La causa de muerte: paro cardiorrespiratorio. Y en anotaciones anexas: por las inundaciones causadas por el desbordamiento del río Tula, palabras más, palabras menos.

Se siente desamparada

Nadia Cruz nos recibe en su casa, prestada por uno de sus hermanos, allá en el occidente del municipio, en Xitejé de la Reforma, mientras prepara la comida del día para sus hijas de 18 y 9 años. Es una mujer joven de 38 años que, de depender económicamente de su marido, hoy se siente desamparada, confiesa.

Su caso es doblemente injusto. Nadia ya llevaba con Carlos Gómez 16 años juntos. Él trabajaba como chofer de transporte de carga y después de un viaje a Tijuana, B.C. regresó ya con síntomas de resfriado que después se complicaron y por ello acudieron a la clínica del IMSS de Tepeji a dónde él pertenecía como derechohabiente.

Carlos de 49 años era originario de San José Piedra Gorda, municipio de Tepeji, había estado casado con su primera mujer con quien procreó tres hijos, uno de ellos todavía menor de edad; pero nunca se divorció, pues a decir de Nadia la expareja nunca aceptó terminar la relación legalmente.

La primera injusticia para Nadia es que su marido haya muerto de esa manera; ya se oía bien en la videollamada que el lunes 6 por la mañana realizó con Carlos, quien le pidió un cortaúñas. Le dijo que estaba bien y que le echaba ganas como ella le pedía cada vez que se comunicaban. No imaginaba que sería la última conservación que tendría con él.

La segunda injusticia es el desamparo en el que se queda junto con su hija de 9 años, producto de su relación con Carlos. Porque para el IMSS vale más un acta de matrimonio que los años que ella convivió con quien después se convirtió en paciente covid, pero que antes con su trabajo aportó a la institución con su derechohabiencia.

Nadia no tiene un papel de legítima esposa, sólo una hija registrada con el apellido de Carlos y un altar donde le llora, pues ni siquiera el consuelo de una tumba le quedó. El padre de familia fue sepultado en el panteón de San José Piedra Gorda, donde todavía le sobreviven sus padres. Atesora grabadas las últimas videollamadas con su marido, él con mascarilla y recibiendo de manera artificial el oxígeno y ella con las palabras de aliento que le salían a borbotones.

Mientras disfrutamos de un café, con una hermosa vista al fondo en la ventana, Nadia comparte que al juntarse como pareja hicieron vida en Tepeji por la cercanía del trabajo de él en el Estado de México; mientras ella lavaba y planchaba ajeno para complementar los ingresos del hogar, porque él continuaba aportando a su anterior familia.

Con la pandemia el año pasado les pidieron la casa que rentaban y su hermano le ofreció la suya ubicada en Xitejé de la Reforma en Tula, de donde su familia es originaria y justo en la vivienda donde se crió junto a sus padres; pegada irónicamente a un cuerpo de agua, una presa que asegura nunca ha subido tanto su nivel como para inundar las casas cercanas.

Sin una casa para sus hijas

No sabe qué hará cuando llegado el momento su hermano le pida la casa. No tiene a dónde ir con sus hijas. Por ello hace el llamado a quien pueda ayudarla a conseguir de alguna manera un techo o material para comenzar a levantar, aunque sea un cuarto para vivir.

Porque con los poco más de 700 pesos al mes que su hija pequeña recibirá de la pensión de su papá y lo que ella pueda ingresar limpiando casas o lavando ajeno, no cree que consiga hacer mucho. Trabajará para sus hijas; la mayor de 18 años quiere estudiar la universidad porque en el bachillerato obtuvo un excelente promedio, pero le tuve que decir que la espere a que la situación mejore.

El panorama de Nadia es negro, como negro era el color de las aguas que vio que inundaron la calzada Melchor Ocampo donde se ubicaba el IMSS. Con poco tacto por parte del personal de la institución de salud se enteró primero que su marido estaba desaparecido y después que estaba en la lista de los 10 primeros fallecidos confirmados -la lista creció a 16-.

El mundo de Nadia se vino abajo; no podía ni siquiera comprender lo que le decían, cuando mencionaron que los buzos rescatarían los cuerpos de entre las aguas putrefactas. De mal gusto le pareció que le dedicaran más atención, de lo que merecía, al hecho de que la lancha, donde iba el gobernador, se volcara. Mientras los deudos se deshacían por dentro.

Esperó largamente en el auditorio municipal, junto con otros familiares de pacientes fallecidos, hasta que les entregaron los cuerpos después de tener que regresar a la comunidad donde vive por los documentos requeridos; ya era la una de la mañana del 8 de octubre.  La pesadilla continuaba para Nadia que, ayudada por el hijo de su marido, se dejó llevar sin entender que en este proceso estaba perdiendo.

Dudas y preguntas que nadie responde

Hoy tiene dudas y preguntas que nadie responde. Dudas por cuanto a lo que hizo el personal del IMSS por sus pacientes, por lo que pudo hacer su marido para salvarse, por la responsabilidad del propio instituto y de las autoridades de todos los niveles. Nadia no comenta sobre la llegada excesiva del agua al río. Lo que sabe es que en la noche del lunes 6, nadie le habló para darle informes sobre el estado de salud, como siempre lo hacían.

Cuestiona por qué nadie le habló para avisarle sobre lo que estaba ocurriendo. Quisiera ver los videos que existan sobre los últimos momentos de vida de su marido, tiene muchas preguntas y pocas respuestas. Lo único que le da idea de lo que pasó, es el rostro malhumorado de Carlos que vio durante el reconocimiento de su cadáver. Fruncía el ceño cuando se enojaba, recuerda, y así estaba la expresión que alcanzó a ver a través del vidrio.

No le permitieron darle un último beso. Nada le hubiera importado el lodo que alcanzó a ver en la bolsa de plástico que envolvía su cuerpo y las cochinillas que le caminaban encima. Tenía una semana sin verlo cuando murió; se internó una semana antes de la tragedia, ya con el diagnóstico de covid en la mano, y luego de decidir entre la opción de Tula y otros dos municipios lejanos.

Decidió que Tula para que le quedara más cerca. Hoy se arrepiente de no haberlo sacado del IMSS y se lo sugirió a Carlos, pero él no quiso, como tampoco estaba de acuerdo en que ella gastara en los materiales que le solicitaba el personal de la institución.

Está consciente de que el hubiera no existe. Y de que nada gana ya demandando al IMSS por la responsabilidad que tenga en la muerte de su marido, porque además de todo ni ella ni su hija resultarían beneficiadas. Un paciente covid no debe verse como un apestado, no son menos que nadie, señala Nadia. Y menos cuando el contagio se dio por ir a trabajar, como en el caso de Carlos.

Es una mujer que se quedó sin la cabeza de familia, quien proveía no sólo lo económico sino la estabilidad del hogar; hoy le lloran sus hijas y así lo demuestra el dibujo de la más pequeña, donde expresa cuánto extraña a su padre. La mayor, para quien desde los dos años fue su figura paterna, le dedicó su reconocimiento por aprovechamiento escolar del bachillerato y que se puede observar en el altar en su honor.

Luego de trámites, llamadas y más, hoy Nadia lucha porque se respete la última voluntad de Carlos estampada de su puño y letra en el seguro de vida por su empleo, pero además que pase como un riesgo de trabajo, aunque no fue tal. Y no tanto para ella, sino para empezar a labrar un futuro para sus hijas. *NI*

 

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