*HABLANDO SE ENTIENDE LA GENTE.
Por José Antonio Trejo Rodríguez.
Así rezaba la publicidad de la entonces única compañía telefónica que, a mediados de los años 70 comenzó a expandirse por Tula. El público que contrataba sus servicios de telefonía contaba con la opción de adquirir también acciones de la empresa, de propiedad gubernamental. Los números telefónicos estaban formados por cinco dígitos, quizá a la fecha se conserven antiguas numeraciones con los dígitos añadidos de los años posteriores.
El comercial de la compañía mostraba a un aparato telefónico, obviamente de línea fija, portando un casco de trabajador, aludiendo a la ventaja de la comunicación oral; años después la publicidad incitaba a utilizar el servicio con su clásico anuncio con la palabra: “Háblele”.
No resultaba sencillo contar con una línea fija, en primera por la inversión y la consecuente renta mensual a la que se le sumaba el costo de las llamadas de larga distancia que el suscriptor realizaba. Apenas unos años antes, este tipo de llamadas de ciudad a ciudad se realizaba a través del servicio que brindaban casetas telefónicas, en Tula se hallaba en la Calle Hidalgo, a la altura de lo que hoy es la Calle prolongación Zaragoza; eran atendidas por operadoras diestras en el manejo de grandes consolas en las que ensartaban y desenchufaban cables para brindar el servicio que iniciaba de esta manera: el usuario llegaba al mostrador y pedía una conferencia a determinada ciudad, brindaba el número al que se llamaría y aguardaba a que la operadora lo comunicara y le indicara el número de cabina a la que debería dirigirse para poder hablar. Al concluir volvía al mostrador a pagar el servicio, cantidad que dependía de la lejanía y el tiempo ocupado en la llamada.
El avance tecnológico permitía que en las ciudades grandes existieran cabinas en las calles para utilizar sus servicios en llamadas locales y de larga distancia. Los aparatos telefónicos estaban equipados con alcancías para resguardar las monedas que los usuarios depositaban en pago del servicio de comunicación. Esas casetas evolucionaron y se modernizaron a pequeños nichos que alejaron al consumidor de la privacidad de las antiguas casetas, quizá para incentivar un mayor consumo del servicio. En ese entonces, las operadoras que años atrás atendían detrás de un mostrador, brindaban su servicio vía remota para comunicar de una ciudad a otra, incluso en la modalidad “por cobrar” en la que el receptor de la llamada pagaba el servicio. También se ofrecía el servicio para conocer la hora.
Con el temblor de 1985, el servicio de telefonía local dejó de cobrarse, en una medida de apoyo a la emergencia; incluso existían mitos de que en determinada caseta se podían realizar llamadas de larga distancia gratuitas. La evolución continuó, la compañía gubernamental se vendió a sus actuales propietarios y las alcancías telefónicas fueron sustituidas por tarjetas prepagadas que facilitaban la vida a los usuarios por aquello de no traer morralla y le significaban recortes en costos a la compañía, concentración de efectivo por servicios futuros que, a veces ni se ocupaban. Los aparatos telefónicos caseros también mutaron de ser grandes y con marcador de disco, a modernos aparatos que no requerían estar conectados a un cable, bastaba con que tuvieran baterías y su marcador era de botones.
En esa estábamos cuando apareció la telefonía celular y a partir de allí la dinámica de la conectividad fue inusitada al coincidir con la internet. Hoy la oralidad de las llamadas comparte espacio con los mensajes escritos y la comunicación por video; incluso los códigos y medios de comunicación resultan dependientes de la edad de los usuarios.
En nuestra ciudad aún se pueden encontrar muy bien conservadas joyas de hace tres décadas, como la que se muestra en la imagen que acompaña este texto, la cual puede admirarse frente a las instalaciones de lo que fue una universidad en San Marcos y que muchas veces pasa inadvertida. El verla me hizo recordar lo que acabo de narrar. NI