*HUELE A ZORRILLO.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

“Huele a zorrillo” dijo aquel buen amigo en medio de una caminata por los cerros y recomendó al grupo: “respiren profundo, para que se fortalezcan los pulmones”. Enseguida pasó a explicar que, desde pequeños su mamá les realizaba esa recomendación a efecto de que no sufrieran enfermedades respiratorias. Todos aspiraron el aire impregnado con el fuerte olor y lo sostuvieron en los pulmones el mayor tiempo que pudieron.

Aquella señora compartía su experiencia sobre medicina tradicional en la huasteca hidalguense y rememoraba que, muchos años atrás, para tratar la tos aguda se preparaban chicharrones de zorrillo y agregaba con cierto desencanto la pérdida de dichas prácticas, por la adopción de medicamentos modernos y también por el avance de la urbanización que, por ende, se refleja en una pérdida de hábitat para la fauna local por lo que se complicaba hallar una mofeta.

“Tengan cuidado”, decían las personas mayores a los chiquillos hace cosa de medio siglo; huele muy fuerte a zorrillo, debe andar cerca buscando robar los huevos de las gallinas. “No se acerquen mucho, tampoco los perros. Pues si los mean van a apestar tan fuerte que, solo bañándose con tomates se les podrá quitar y a los canes los pueden dejar ciegos.”

Entonces, abundaban los relatos y testimonios de quienes habían tenido el pesar de recibir un baño de tan olorosos orines: “Es cierto, a mí me pasó hace años y es verdad que no te desprendes del olor.” Decía uno que, le había pasado de todo, pues hasta un perro rabioso lo mordió. “De la rabia me libré comiendo ajos en ayunas, me aguantaba la náusea, todo por evitar las inyecciones en el ombligo. Y de la peste del zorrillo hasta que mi abuelita me metió a bañar en una tina que parecía sopa, de tan llena de tomates que estaba. Allí me dejó bastante rato tallándome con la pulpa de los tomates, desde el pelo hasta los talones. Al secarme, el olor había desaparecido. Me puse bien contento. Yo creía que olería a zorrillo el resto de mi vida.”

“Yo por andar jugando en el cerro con mis hermanos y primos, encontré a un zorrillo; se me hizo fácil acercarme, se veía tan bonito, con su pelaje negro y blanco. Hasta pensé que era como un gato. Algo similar me pasó al querer agarrar a un gordo y grande conejo: me puso una arañada que traía la barriga toda rasguñada.” Compartió otro y siguió: “Total, me acerqué y el zorrillo aventó sus orines que me cayeron en los zapatos, nada más. Sin darme cuenta seguía con mis actividades: iba a la escuela, a los mandados, a jugar. Recuerdo que entraba a la tienda y tanto la marchanta como los clientes decían que llegaba un olor a zorrillo y como no, si mis zapatitos estaban impregnados. Hasta que, con pena y todo, porque eran mis únicos zapatos, mi mamá me obligó a tirarlos y me compraron otro par. Solo así dejé atrás la peste del zorrillo.”

La noche cayó, la lluvia inesperada refrescó y hasta auxilió a limpiar la contaminación que se cernió la pasada semana sobre nuestra región. Salí al patio a recoger algunas cosas que el viento movió de su lugar y entonces, mi nariz identificó el característico olor “Huele a pinacate o mejor dicho a zorrillo” reflexioné. De inmediato avisé a la familia: “Cerca anda un zorrillo, vengan a aspirar el aire para que no nos dé tos”. *NI*

Por Nueva Imagen de Hidalgo

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