15 de dic de 2017

*Una visita al Paraíso.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Las profesoras quedaron muy formales de llegar al mediodía del sábado en autob&


Por OFICINA | martes 28 de noviembre del 2017 , 05:05 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Las profesoras quedaron muy formales de llegar al mediodía del sábado en autobús a Tula, para salir montados en bicicleta a San Miguel de las Piedras con el objetivo de conocer las pinturas rupestres y por supuesto que cumplieron con su palabra; solo que no habían calculado la distancia y decidieron que mejor viajáramos de otra forma. Dejamos las bicis encargadas en el Centro y nos dirigimos caminando a la terminal de los micros, celebrando que en Tula contamos con transporte público a tiro de piedra en el mero centro de la ciudad; allí un señor muy gentil nos informó que en unos 20 minutos saldría el autobús para San Miguel.

En efecto, en pocos minutos se formó un camión; subimos, pagamos nuestros pasajes y quedamos gratamente sorprendidos: el camión era cómodo, nada que ver con aquellos que cuentan con rendijas en lugar de espacios entre los asientos, podíamos estirar las piernas a gusto, estaba muy limpio y lo mejor fue que el trayecto de unos 25 minutos fue ameno al ir platicando y admirando el paisaje que el occidente ofrece. Al llegar a San Miguel de las Piedras el transporte se da la vuelta para preparar su retorno y allí nos bajamos.

Aprovechamos para saludar a unos vecinos que trabajaban en el atrio de la capilla de San Miguel y para pedirles permiso de asomarnos a conocer el pequeño, pero muy hermoso templo del siglo XVI del que resaltan un par de pinturas murales. Risueños caminamos hacia una calle que nos depositaría en la margen norte del río de las piedras negras. “Camínenle por esa vereda y se ahorrarán una vuelta” nos aconsejaron muy gentiles una señora y su hijo. Bajamos con cuidado, pues hay arenilla y piedritas sueltas y al acercarnos a un pequeño puente que cruza el río nos llevamos una gratísima sorpresa: bastantes mariposas alzaron el vuelo ante nuestro paso ¡Maravilloso!

Cruzamos el puente y caminamos sobre piedras resbalosas y un poco de fango sobre la rivera sur; sorteamos troncos, ramas, arbustos; admiramos la corriente cristalina y fresca del río y llegamos a un pequeño remanso en el que un pequeño pastor cuidaba a sus vacas que pastaban. La caminata continuó hasta una represa construida en el cauce, allí había varias borregas cuidadas de cerca por unos amistosos perros orejones, mientras su pastor respondía nuestros saludos de forma afectuosa.

Atravesamos el terreno del Profesor Augurio Basurto Pedraza, un hombre que ha sido baluarte de la educación pública en Tula y que dirigió acertadamente durante muchos años a la gloriosa Escuela Primaria Benito Juárez de Tula y a quien desde esta página le mando una afectuosa felicitación al haber cumplido 95 años el martes 28 de noviembre ¡Muchas felicidades Profe Augurio! Al fondo del campo se aprecia imponente una barrera rocosa de unos 30 metros de alto, la caminata concluye al pie de las grandes piedras, allí, estoicas a pesar del tiempo y del vandalismo, las pinturas rupestres aguardan a las visitantes que no hacen más que quedar petrificadas, boquiabiertas, su mudez repentinamente se rompe por el afán de tomar fotografías y comentar sobre la belleza del sitio: la vegetación exuberante, el chorro limpio que brota de un ojo de agua que se une al río; el cielo tan azul es testigo.

Desandamos nuestros pasos aun con el éxtasis y la emoción de pisar el terreno que el hombre prehistórico alguna vez habitó. La expresión de los rostros son acordes a los comentarios “Aquí es bellísimo. Quién se lo imaginaría” dice una; la otra le completa “Esto es un verdadero paraíso y dices que hace un siglo o menos había gran fauna como el oso negro” Un gavilancillo en el cielo llama nuestra atención, así como los ladridos de los perros orejones que nos han acompañado y ahora se afanan en molestar a una cachetona ardilla que impasible los mira desde lo alto de un árbol.

No puede faltar despedirnos de los pastores, como deber de toda persona educada; tocamos el agua y comenzamos a subir por una brecha de tierra para continuar por una calle pavimentada; zigzagueando llegamos de regreso a un costado de la capilla de San Miguel y aprovechamos para comprar unas bebidas en una tiendita con su mostrador de madera. Preguntamos a la joven dependienta la hora en las que llega el autobús, respondiendo que “ya no tarda” y en efecto, a los 3 minutos llegaba el colectivo, igual de cómodo y limpio que en el que llegamos.

Emprendimos el regreso a Tula con la idea de ir a comer a la vez que una de las profesoras preguntaba “Podría comprarme un terrenito, pequeño, solo para hacerme un cuartito y venirme a vivir para acá cuando ya esté viejita. Créeme que eso me haría muy feliz” ¿Y a quién no? respondí ufano, si acabábamos de visitar el paraíso. *NI*

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