21 de jun de 2018

*UNA MIRADA A LA VIDA SALVAJE DE TULA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   “Crotalus molossus nigrescens” o cascabel de cola negra mexicana, de acuerdo con


Por OFICINA | viernes 25 de mayo del 2018 , 05:34 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

“Crotalus molossus nigrescens” o cascabel de cola negra mexicana, de acuerdo con la página www.prozoo.com habita en lugares montañosos y altos de los estados comprendidos entre Chihuahua y el norte de Oaxaca; se alimenta de roedores, aves, lagartijas y está protegida por la NOM-059-ECOL-2001-SEMARNAT. La página enciclovida.mx de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO) establece que hay registros del Sistema Nacional de Información sobre Biodiversidad (SNIB) sobre su presencia en Jilotepec.

 

“Allí está una víbora de cascabel”, dice el joven que encabeza y guía la caminata por los cañones que albergan al río Rosas, antiguamente llamado el río chico y río San Andrés. La serpiente es hermosa, altiva, parece ser una hembra a decir de los conocedores, se encuentra debajo de una gran peña, no repara en los curiosos espectadores que respetuosamente desde lejos la vemos. Para mí en ese momento me ha quedado claro que somos intrusos en la vida salvaje, que no estamos dando un paseo por el parque, por lo que es importante caminar con cuidado y alertas, tal y como lo muestran los programas de exploradores que abundan en la tele.

 

La enorme cascabel de cola negra es fotografiada desde lo lejos y de repente se introduce muy rápido por debajo de la gran roca. Los comentarios de los caminantes no se hacen esperar, impera la admiración y se nota algo de temor hasta por caminar junto a la peña. Continuamos con la caminata, afortunadamente hay veredas y aunque en algunos tramos es necesario cruzar el río, la temporada de secas lo permite con facilidad, ya sea brincando entre las piedras o utilizando troncos caídos. El calor es sofocante a pesar de lo temprano de la hora. Los charcos formados a lo largo del cauce están repletos de mosquitos que se dan a la tarea de rondarnos. Una gran mariposa reposa sobre una planta. Las aguilillas sobrevuelan por encima del cañón, lo cual nos arranca una expresión jocosa a pesar del cansancio “Ya nos andan zopiloteando”.

 

De pronto frente a nosotros se abre una espectacular vista: una caída de agua de unos 12 metros de altura que llega a una poza natural que la almacena antes de que continúe su cauce. “El agua está helada” dice una de las caminantes mientras moja sus pies dentro de la poza. “Suban. Acá hay otra cascada” grita otro de los avanzados exploradores amateurs que ese temprana mañana de fin de semana nos hemos dado cita para conocer un poco más de nuestro entorno. “Me tiemblan las piernas y hasta los codos” expresa uno de los caminantes antes de dar un gran trago a su botella de agua. Es hora de subir por una pronunciada pendiente, el esfuerzo y el sol, que a plomo nos baña, nos hacen sudar copiosamente.

 

Hemos caminado durante unas tres horas por veredas entre la maleza, piedras, corrientes de agua, charcos, excremento de tlacuache; hemos brincado y chocado con troncos, tropezado con ramas y piedras de todos tamaños; hemos observado a la majestuosa cascabel y a diversos insectos, además de las aves; nos sentamos plácidamente a escuchar las relajantes caídas de agua, bebimos y comimos nuestras provisiones hasta agotarlas. Algunos sacamos rasguños, moretones, chipotes, hasta raspones. Es el precio, muy bajo por cierto, que hemos pagado por ir una mañana a donde impera la vida salvaje. La respetamos y asumimos que allí los intrusos somos nosotros. Lo agreste del sitio ayuda a que no esté invadido, ojalá que así se conserve; las especies también tienen el derecho de vivir y de reproducirse como dicta la madre naturaleza. *NI

 

 

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