21 de jun de 2018

*SI VAS EN FERROCARRIL.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Tomar el Ferrocarril Suburbano de Cuautitlán a Buenavista es un lujo. En tan solo 25 m


Por OFICINA | viernes 27 de abril del 2018 , 04:57 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Tomar el Ferrocarril Suburbano de Cuautitlán a Buenavista es un lujo. En tan solo 25 minutos estás en posibilidades de llegar al corazón de la antigua Tenochtitlan y cumplir con las actividades que se tengan agendadas, olvidándose de los congestionamientos que vuelven un martirio el traslado por la autopista. El tren es cómodo, rápido, un poco de bamboleo hace recordar aquellos viejos trenes de pasajeros que cruzaron nuestro país hasta principios de los años 80.

La ruta trazada a finales del siglo XIX para el Ferrocarril Central Mexicano, el máximo empleador privado en ese tiempo, sirve de guía para el trayecto, que, se menciona, podría llegar hasta Huehuetoca, Washington se le conocía en las épocas del tren pasajero.

Durante muchos años viajamos en tren pasajero, mis recorridos más largos fueron a Durango, con un transbordo en Zacatecas; a Manzanillo, con un transbordo en Guadalajara y a Monterrey, sentado en un cómodo asiento del vagón de “Primera Especial”. Los viajes más comunes, al igual que la mayoría de estudiantes tulenses que semana tras semana nos movíamos a la Ciudad de México y de regreso a Tula, la ida era en las corridas de los trenes identificados con número par, que corrían hacia Buenavista, pasando por la Antigua Estación de Tula y posteriormente por el viaducto que actualmente utiliza Kansas, en la Estación de El Llano; el regreso era en trenes identificados con número non.

Una de mis estaciones favoritas era Celaya, su edificio antiguo, muy parecido al de Tula, albergaba un pequeño y bien surtido local, repleto de innumerables frascos de la cajeta más deliciosa que jamás haya probado. La dinámica de los viajes imponía velocidad y precisión: mi papá bajaba del tren de un salto y se dirigía a la tiendita a ordenar una caja llena de frascos de cajeta que serían repartidos entre los familiares como un recuerdo de nuestro viaje, en primer lugar figuraba mi Tío Elpidio.

Una vez que el tren paraba, podía yo descender para alcanzar a mi papá y escoger el sabor del suculento dulce, nunca me gustó la envinada. El encargado de la tienda acomodaba las compras y sujetaba la caja con un lazo para que volviéramos al tren y entonces disfrutar de la dicha de abrir el frasco elegido, absorber su aroma dulce, tomar una cuchara entre los dedos y probar el sabroso postre, cucharada tras cucharada, hasta que el empalago se hiciera presente.

Siempre en los trenes abundaban los alimentos, incluso en San Luis de la Paz se servía un caldo de pollo con verduras cocinado en una olla de barro y despachado en un plato del mismo material, además se te entregaba un paquete de tibias tortillas para acompañar tu comida. En Irapuato, en donde casi siempre pasábamos de noche, se ponía un carrito que vendía un café delicioso, muy dulce, sin importar que fuera de madrugada. Qué decir de Tula con sus “enchiladas, tacos, pollo” que doña Margarita aun ofrece en la calle de Mariano Matamoros; las botellas de pulque que Beto Zamorano vendía a los sedientos pasajeros. “Si vas en ferrocarril, para saber dónde estás, te fijas en lo que gritan y al instante lo sabrás…” dicta la canción de Oscar Chávez. Qué tiempos, qué recuerdos. Ahora saldré a buscar una cajeta que me acerque a aquella entrañable tiendita de la vieja estación de Celaya, no sé si la pueda encontrar, ya les contaré. *NI

 

ÚLTIMAS NOTICIAS

PUBLICIDAD

ARCHIVO