22 de oct de 2017

*Relatos de miedo.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Los duendes de Xochitlán: Marcos, vecino de Xochitlán y lector de esta columna,


Por OFICINA | martes 3 de octubre del 2017 , 04:34 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Los duendes de Xochitlán: Marcos, vecino de Xochitlán y lector de esta columna, me dice: “Eran como las 3 de la mañana Pepe Toño, estaba profundamente dormido, bien cobijado, con el fresco de la noche que sabroso se ronca y a lo lejos escuché el sonido de mi celular, con trabajos respondí sin fijarme en el número desde donde me llamaban; era mi hermana que me avisaba que en la casa de mi mamá se escuchaban ruidos. Eso bastó para levantarme como un resorte, ponerme unos pants, tenis y salir disparado para su casa, no fueran a ser rateros y quisieran llevarse el tanque de gas o meterse a la casa. Mi esposa no quiso dejarme ir solo y me acompañó; en las manos llevaba la primera herramienta que me encontré para enfrentar cualquier agresión.”

 

“Llegué a la casa de mi jefa, revisé el patio y el interior, solo me topé con un gato bastante grande que andaba en la barda, a lo mejor cazando ratones y pensé que fue quien provocó el ruido que alertó a mi familia. Lo espanté echándole una charola de agua que ni lo mojó pero salió casi volando. Ya calmados y serenos nos despedimos, emprendimos el camino de regreso a la casa con ánimo de echar otra pestañita antes de que amaneciera, cuando de repente sobre la barda de una casa cercana a las presas, que veo unos seres pequeñitos, con gorra colorada, verde, amarilla, azul, barbas largas, botas ¡Hasta me asusté! Dominando mi pánico le dije a mi esposa que con calma volteara a ver, pero sin hacer ruido, pues al parecer ellos no se habían dado cuenta de nuestra presencia.”

 

“Sin decir palabra, seguimos caminando muy rápido y bien agarrados de la mano, viendo de reojo hacia la construcción en la que los pequeños seres se encontraban y no paramos hasta llegar a la casa, acostarnos y taparnos hasta la cabeza.” Pero esa no fue su única experiencia, pues enseguida comparte una más espeluznante “Una noche al disponernos a dormir, mi mujer y yo platicábamos mientras preparábamos la pijama y las cobijas. No encontraba mis pantuflas y pensé que estarían debajo de la cama, pero al dirigir la vista hacia abajo que veo una sombra negra con unos ojos entre rojos y amarillos que me miraban profundamente y se escondía debajo de la cama. Me asusté y voltee a ver a mi esposa que estaba pálida y me decía que también la había visto, lo que me convenció que no lo había imaginado. Decidimos asomarnos bajo la cama y no había nada. Pero los dos sabemos que fue cierto lo que vimos; todavía se me pone la piel chinita al contártelo.”

 

Un fantasma de la colonia: “Cada que iba de trabajo a México, ya sea que me hospedara en uno u otro hotel, tenía un sueño recurrente” me platica Thelma: “Comúnmente acudíamos a expos especializadas para ofrecer los productos que vendía la empresa y elegíamos hospedaje cercano a los centros de convenciones en donde estaríamos; así que pernoctábamos en tantos y diferentes hoteles como rumbos tiene la capital.”

 

“Solo que al estar profundamente dormida, siempre me despertaba con la sensación de que alguien me estaba mirando al pie de mi cama, despertaba y no miraba a nadie; ya sabes que el estar en la expos es cansado, así que volvía a dormir y comenzaba un sueño bastante extraño. Soñaba que un hombre blanco, con barbas, melena rubia, vestido con unas mallas blancas y calzón bombacho dorado, camisa y chaleco del mismo color, me miraba desde el fondo de la habitación y me extendía la mano, como para ayudarme a levantar y salir con él. Eso sucedía cada vez que estaba en México. Las primeras ocasiones no ponía interés, pero era tan repetitivo que hasta miedo me daba.”

 

Ante el recurrente sueño, su tía le entregó una pequeña cruz realizada con palma bendecida el domingo de ramos, un escapulario y una imagen de la virgen de Guadalupe que al reverso tenía impresa “la Magnífica”, recomendándole ponerse el escapulario y dejar la cruz y la estampita en la mesa de noche. Su siguiente experiencia fue terrorífica, según narró: “Volví a soñar al español, solo que su rostro se veía muy feo, bastante enojado me decía que me quitara el escapulario y tirara la cruz de palma y la imagen.”

 

Su tía volvió a recomendar: “No tengas miedo, antes de dormir reza la oración que está al reverso de la imagen de la virgen de Guadalupe y si lo vuelves a soñar, ármate de valor y rézala de nuevo, verás que las primeras líneas que digas: “Glorifica mi alma al Señor y mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad de Dios mi Salvador” se desaparecerá para nunca volver a molestarte. Es una oración muy poderosa que te protegerá de todo mal” Al paso de sus siguientes visitas a México jamás volvió a ver a aquel hombre vestido como si viviera en la época de la colonia. Por supuesto, siguiendo los sabios consejos de su tía.

 

La bola de lumbre: “Mi tío venía caminando por la vía hacia su casa en Jalpa, era medianoche, se había echado unas cervezas con sus cuates y ya venía entonado pero tranquilo; casi llegaba a su casa, cuando a la altura de la calle que baja hacia la Chapultepec vio rodar de la carretera hacia el río una gran bola de lumbre ¡Hasta la borrachera se le cortó del susto! Dice que si da un paso más se lo lleva o de perdida lo quema.” Platicaba asombrado mi amigo Jerónimo, que, de vivir, habría cumplido 53 años el pasado 30 de septiembre.

 

A la pregunta de los amigos, respecto a si su tío había vuelto a ver esa gran bola de fuego respondía: “Ya no. Se sigue echando sus chelas, pero ahora regresa temprano; a más tardar a las 9 ya está acostado en su casa. Creo que si se espantó” cerraba el tema provocando la risa de la palomilla. *NI*

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