19 de jun de 2018

*PLEITOS AJENOS.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Pasan de las 7 de la mañana y ya el andén del metro está a reventar, las


Por OFICINA | martes 20 de febrero del 2018 , 05:19 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Pasan de las 7 de la mañana y ya el andén del metro está a reventar, las filas avanzan lentamente, la aglomeración impide una pronta ubicación para poder subir al ya de por sí atestado vagón naranja, aunque se trate de la terminal El Rosario. Cual sardinas los viajeros nos acomodamos, el calor es insoportable; ni siquiera te puedes mover para secar el sudor que perla la frente y resbala por las mejillas hasta llegar al cuello y perderse entre los pliegues de la camisa.

 

La situación en las subsecuentes estaciones no varía mucho. El rostro de desesperación de quienes pretenden llegar a tiempo a la escuela, al trabajo a cualquier otra actividad que les reclama se convierte en un rictus de impotencia. Un señor viaja con quien parece ser su esposa y a cada situación expresa su inconformidad, de manera pausada y sin estridencias, refiriéndose de que eso no pasa en Francia y se suelta dando ejemplos de la vida en la patria de Zidane, dando a notar que además es un fiel seguidor del futbol de aquella nación.

 

“En Francia los trenes no se detienen tanto, como aquí”, dice y su señora solo responde con un sonido gutural que cuando a uno se lo sueltan es para dar cuenta de que el comentario no le interesa a tu posible interlocutor. Un desesperado usuario se mete a la fuerza en el atestado vagón con una técnica depurada en miles de jornadas similares: se pone de espaldas a la puerta, sube los pies a la plataforma del vagón, se agarra de la parte superior del marco de la puerta y empuja el resto de su cuerpo hacia adentro. Tiene éxito, pero causa la molestia del resto de pasajeros, ¡Nunca en otro lado se comprueban en los hechos las leyes de la física!

 

Para mala fortuna del osado pasajero el tren no avanza, vaya, ni siquiera cierra las puertas y la postura asumida comienza a pasar factura, con la puerta cerrada podría haber sostenido su peso contra la puerta, pero ahora solo lo sostienen sus manos y los pies; si se atreve a bajar corre el riesgo de no volver a subir. El hombre no es de acero y ante la dilatada puesta en marcha del tren opta por bajarse y en un arranque de locura se voltea y suelta un tremendo recto al rostro de otro de los pasajeros, quien sorprendido solo atina a exclamar un ay de dolor y a sobarse el rostro.

 

El resto de pasajeros le reprocha su actuar, el valentón busca huir pero un policía le corta la retirada. El señor que simpatiza con las causas galas comenta: “En Francia no pasa eso, porque allá los servicios son de calidad y las personas son educadas”; su señora sale de su marasmo a causa del pleito y opina, al igual que el resto de pasajeros, sobre el cobarde actuar del agresor. Por fin el convoy cierra sus puertas y avanza, dejando en el andén al agredido que es atendido por los guardias de la estación.

 

“En Francia el metro tiene aire acondicionado”, dice el señor de marras cuando el tren se detiene en el túnel y la temperatura ambiente se vuelve insoportable, “aquí también” le responde su señora y añade “solo que no se da abasto con tantas personas”; la respuesta le da alas al señor y arremete “claro, si hubiera más trenes para atender a la demanda, pero no es así”. Llegamos a la estación de Tacuba, la salida y la entrada de pasajeros es atropellada, el señor vuelve a la carga “en Francia las cosas se hacen de manera ordenada, primero se baja y luego se entra”, su esposa ya no le responde, quizá se ha dado cuenta de que hacerlo solo incentiva sus comentarios.

 

El viaje continúa, los pasajeros se muestran estoicos ante la adversidad, lo mismo que la esposa del señor que a cada comentario a favor de Francia de su cónyuge enmudece hasta que por fin, ya casi para llegar a Tacubaya le suelta “pues si no te parece, entonces vete a vivir a Francia, ya me tienes harta con tu Francia por aquí, tu Francia por acá”; el hombre no ceja y revira “ya ves, te molesta que aquí no sea como en Francia, si vivieras allá no te molestarías tanto”. Sus comentarios ya solo causan humor.

 

A la bajada del tumulto en Tacubaya se escuchan gritos de un hombre colérico sobre el andén: “Éntrale, no le saques, a ver si eres muy sabroso”, nadie responde, aunque parece que hay otro pleito. “Órale, vente ¿O qué, tienes miedo?” La prudencia dicta acelerar el paso y no voltear, no sea que el buscabulla agarre parejo contra uno. Los gritos siguen “Ahora si vas a ver, ya te topaste con pared. Para que sepas que a mí me haces los mandados” Se nota, por los gritos, que el tipo es un experto en pleitos callejeros y que está zarandeando a su pobre rival.

 

“No le saques, éntrale”, prosigue la voz perdida entre la multitud que avanza a paso veloz “¿No que muy muy? Aquí está tu padre”. Por favor que alguien le quite ese energúmeno a su rival parecemos pensar todos, “Ándale ¿No querías vértelas conmigo? ¡Zacatón!” Que ya lo deje en paz, háblenle a la policía, seguramente lo ha vapuleado el muy gandaya.

 

Al subir por la escalera mecánica para dirigirnos a la línea 1 se distingue nítida la escena dantesca, el hablantín está tirado en el suelo boca arriba, su rival se halla sentado encima de él y a dos manos le tunde el rostro sin decir una palabra, el otro sigue con su perorata “A ver zacatón, éntrale, no le saques”. No cabe duda que es un maestro en el arte del pleito psicológico, pero en la realidad ni las manos metió. *NI*

 

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