14 de nov de 2018

*OVNIS EN TULA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Corrían los años 70 del siglo pasado y descubrí que la carrera espacial


Por OFICINA | martes 16 de octubre del 2018 , 06:01 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Corrían los años 70 del siglo pasado y descubrí que la carrera espacial protagonizada por soviéticos y norteamericanos, legaba a México que el mejor nombre para ponerle a una perrita era “Laika”, que fue la primera perrita en ser enviada al espacio a bordo del Sputnik 2 el 3 de noviembre de 1957; se mencionó que al agotarse el oxígeno de la nave no sobrevivió, aunque hay otra versión que afirma que falleció por sobrecalentamiento de la nave. Además, un buen apodo resultó ser el de “Gagarín”, gracias a Yuri Gagarin, el primer cosmonauta que partió el 12 de abril de 1961 en el Vostok 1. Tula no era la excepción, en casa también tuvimos una “Laika” y conocí a un señor apodado “el Gagarín”

 

Aparejado corría el tema de visitas de naves extraterrestres. Unos buenos amigos contaban con unos poderosos “gemelos” o binoculares, con los que gustábamos explorar los cerros desde las azoteas de nuestras casas; muchas noches el cielo fue el objeto del infantil escudriñamiento. Hasta que en una ocasión, uno de los muchachos que acudía a la escuela de tarde nos sorprendió al narrarnos una odisea digna de aparecer en cualquier revista dedicada al tema sobrenatural como por ejemplo “Duda. Lo increíble es la verdad” publicada por la “Editorial Posada” de don Guillermo Mendizábal Elizalde, quien siempre creí, obviamente por llevar el mismo nombre y apellido, que era el padre de Guillermo “el Wendy” Mendizábal y de Marco Mendizábal.

 

La revista se vendía como pan caliente, obviamente que sus consumidores eran las personas adultas, como mi tío Mayolo, que gustaba de adquirirla y una vez devorado su contenido, la compartía con el resto de la familia, sin que los chamacos fuésemos la excepción. Sus títulos eran bastante llamativos, lo mismo que sus ilustraciones y los argumentos atraían al lector y no lo soltaban hasta que la lectura terminaba y lo curioso es que siempre concluía abriendo más interrogantes al lector, avivando su curiosidad, nunca cerrando de manera tajante la discusión sobre el tema en comento. Lo mismo se abordaban casos paranormales en cualquier tiempo histórico, leyendas europeas como el flautista de Hamelin, avistamiento o raptos por parte de objetos voladores no identificados (ovnis) o UFO por sus siglas en inglés.

 

La historia de nuestro amigo versaba en que al estar realizando sus tareas en casa, descubrió un objeto volador de color plateado, girando por el cielo de Jalpa; azorado entró a su vivienda por sus “gemelos” y valientemente enfocó aquel plato que girando sobre su propio eje se desplazaba a baja altura para después alejarse con rumbo a Tepeji a gran velocidad. Eso bastó para que el ejército de niños entráramos en acción y con cuidado revisáramos tarde tras tarde, noche tras noche el cielo azul para hallar un par de objetos brillosos que se desplazaban con rumbo al sur; era innegable, todos los vimos, hasta adultos a quienes llamó la atención nuestra gritería, llegó hasta una patrulla a ver qué sucedía y desengañarnos de que se trataba de un par de globos que empleados del Servicio Meteorológico Nacional había soltado con fines de investigación.

 

El maestro Luis era muy respetado en la Benito Juárez por ser un excelente profesor, muy estricto y con amplio espíritu científico que además inculcaba entre sus alumnos. De manera periódica organizaba formidables expediciones al cerro y a la ribera del Tula y del Rosas para observar piedras, flora y fauna, así como fenómenos naturales; gustaba de acompañarse de amistades, padres de familia y funcionarios superiores de Educación Pública para que atestiguaran el conocimiento de sus estudiantes. Le mostré la rama de un helecho y me preguntó el nombre de unas pequeñas protuberancias que le inundaban, sin dudarlo respondí “Son esporas”, el maestro Luis miraba con rostro y sonrisa de satisfacción a sus acompañantes que llenos de dicha elogiaban su excelso trabajo.

 

Por ello, no fue raro que con ímpetu y energía el Maestro Luis frenara cualquier esbozo de “charlatanería” en el aula: ¡Para eso estudiábamos, para ser científicos! Él no se conformaba con menos. Sucedió que un estudiante soltó la historia de que por las noches los atlantes de Tula cobraban mecánico movimiento, bajaban de la pirámide y realizaban labores dignas de cosmonautas, sobre todo cuando allí llegaban ovnis a visitarlos. El Maestro Luis, ya colérico, se desgañitaba explicando con lujo de detalle que los atlantes era de piedra, no robots ni seres de otros mundos, que incluso para desmentirlo, uno de sus amigos había pasado varias noches en vela en la zona arqueológica y no había visto nada raro. El espíritu científico surgido de las aulas de la Benito Juárez se imponía de nueva cuenta.

 

“Estábamos pastoreando las chivas en el cerro, cuando de repente vimos un gran platillo volador bajando hacia donde estábamos”, le contaban con emoción unos primos de Nantzha a mi papá y agregaban “Bajé la escopeta para apuntarles, pero mi carnal me dijo que no, porque podían sentirse agredidos y no sabíamos qué podría pasar. Creemos que iba descomponiéndose porque aterrizó, hasta dejó una marca en el suelo, cuando quieran los llevamos a verla, toda la tierra quedó marcada con un círculo. Entonces llegó otro platillo para ayudarles y antes de que nos acercáramos despegaron” Por esas épocas acostumbraba subir al cerro a trotar y me encontré a mi tío Lázaro, le pregunté sobre la historia que sus hijos repetían en cada oportunidad que se les presentaba. El viejo, imperturbable, me contestó: “Qué platillos, ni qué platillos, esas son pendejadas”

 

“Dicen que bajó un platillo volador en un terreno enfrente de Las Palmas y hasta dejó marcada la huella de su aterrizaje” se corría la especie en todo Tula; incluso a las personas les daba temor acercarse al sitio descrito por miedo a la radiación que pudiera haber contaminado el lugar de marras. Las conjeturas comenzaron a surgir de aquí, de allá y de acullá: que alguien observó una gran luz, que hubo quien escuchó un gran estruendo como producto de la llegada a San Marcos de tremenda nave espacial, que allí estaba formado un círculo perfecto. Mi primo Genaro, vecino cercano del supuesto sitio del aterrizaje y hombre de impecable lógica, desmintió ante la familia las especulaciones, tiró de a lucas a quienes insistían en el tema y el expediente quedó cerrado entre los Trejos.

 

Las anécdotas y testimonios de avistamientos cayeron en desuso hasta que a principios de los años 90 volvieron por sus fueros, quizá alimentado por el espíritu del fin de siglo y la entrada del siglo XXI. Que se veían ovnis por la barranca aledaña al campo de San José, decían. Que los vieron de cerca al perseguirlos. Al conocer los relatos, varios amigos insistían en que los sábados saliéramos a buscar ovnis en el cerro, obviamente que a la mera hora ya nadie acudía. Hasta hace unos seis o siete años que en un sembradío en El Llano se encontraron formas caprichosas que todos fuimos a ver, algunos con seriedad y otros en un ambiente relajado: “Ya siento que la radioactividad me está afectando, me están saliendo piernas y cola de dinosaurio” decía un ciclista, el chiste le duró un buen tiempo, hasta que el asunto quedó en el olvido. Me despido evocando aquella famosa canción “Los marcianos llegaron ya y llegaron bailando ricachá, ricachá, ricachá, ricachá, así llaman en Marte al cha cha cha”. *NI*

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