23 de nov de 2017

Narraciones escalofriantes.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Las siguientes narraciones me fueron compartidas hace pocos días, forman parte de una


Por OFICINA | martes 14 de noviembre del 2017 , 05:46 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Las siguientes narraciones me fueron compartidas hace pocos días, forman parte de una extensa cantidad de relatos que por esas fechas me platicaron varias personas a quienes tengo el gusto de conocer desde hace muchos años; para la presente entrega traté de elegir las más espeluznantes y escalofriantes, el resto las publicaré en lo sucesivo. Espero que las disfruten.

El Charro de negro: “Buenas noches” se escuchó una voz gutural. Una y otro voltearon a verse y estupefactos trataron de taladrar la bruma que envolvía su camioneta, pero era imposible mirar más allá de sus propias narices; la noche y la neblina volvían impenetrable el contorno del vehículo, un escalofrío recorrió sus espaldas, siguieron intentando arrancar el motor que, sin aviso previo, detuvo su marcha precisamente en el cruce de aquel puente sobre el río de las piedras negras, pocos metros antes de desembocar en la presa Endhó.

De una cosa estaban seguros, esa voz no era natural ¡Por fin prendió la camioneta! Y sin mirar atrás intentaron salir del sitio, poco les duró el gusto ya que a los pocos metros volvió a apagarse el vehículo; de nueva cuenta trataron de encenderlo y lo lograron, pero volvió a apagarse. La desesperación les hacía verse uno a otra con incredulidad, se decían que eso no podía estar pasando, hasta que, después de mucho batallar, superaron el columpio que une la carretera a Xijay de Cuauhtémoc con la carretera Michimaloya – San Miguel de las Piedras y a partir de ese momento la camioneta funcionó como si estuviera nueva, no se volvió a detener hasta que llegaron a su domicilio en Tula.

Al día siguiente comentaron lo sucedido con sus amistades de la comunidad que habían visitado la noche anterior y el relato que escucharon les heló la sangre; incluso al reproducirlo ante mí, la gran melena que adorna la cabeza de la narradora se erizaba, al igual que los bellitos de sus brazos, mientras que grandes lágrimas surgían surcaban su rostro, como reflejo del terror que aún le provoca recordar su ingrata experiencia. Los vecinos les comentaron que precisamente en ese sitio en el que se les descompuso la camioneta, por las noches se aparece un charro vestido de negro, montado sobre un brioso corcel del mismo color, quienes son los causantes de varios accidentes que allí han ocurrido.

Un duende burlón. La joven pareja rentaba una vivienda en la vecindad de una popular colonia de la cabecera municipal de Tula, entre los vecinos se hallaba una familia originaria del Distrito Federal, el señor era mucho mayor que su esposa y se dedicaba a fabricar juguetes y accesorios para uso ganadero. El ser vecinos crea lazos de confianza y de amistad, incluso con los caseros, llegando al grado de que los domingos compartían los alimentos como una gran familia y ese día no era la excepción. Las señoras arreglaron las mesas en una gran estancia comedor, pusieron los cubiertos y las viandas, distribuyeron las sillas de tal forma que la comida prometía ser amena, además de exquisita.

Las familias se dispusieron a ocupar sus lugares y risueños subieron al segundo piso de la vivienda por una estrecha escalera que une al comedor con el patio central. Aun no se sentaban cuando estupefactos miraron cómo los platos, las cucharas, los vasos, los refrescos, las sillas volaban por el aire, como si una mano invisible las arrojara hasta caer al piso. No supieron qué hacer, ni cómo explicárselo; no había temblado y la lógica no alcanzaba para comprender el fenómeno, hasta que, desde el pasillo, un pequeño duende les miraba sonriendo burlón y causándoles miedo. Algunas familias se mudaron de la vecindad al poco tiempo, pues seguido miraban “al niño”, así le decían, en las escaleras de aquel pasillo angosto; incluso la mayoría de ellos no se atrevían a visitar el segundo patio de la vecindad para acarrear agua de una pileta ya que la dueña del sitio decía que allí juguetean los duendes.

Los aleteos de una gran ave. “Te platico que hace unos días estaba en casita, preparando algunas cosas del trabajo; sin darme cuenta era de madrugada, ya que tengo turno de tarde, no requiero madrugar para ir a laborar, así que decidí culminar las tareas emprendidas hasta que escuché algunos ruidos en el patio, como el aleteo de una gran ave, además de gorjeos de pajaritos pequeños. Lo primero que pensé es que alguna lechuza quería devorar a las golondrinas que hacen nido en las estructuras de la casa. El aleteo seguía intenso, calculo que se originaba justo frente al ventanal del comedor. Instintivamente quise asomarme, pero me contuve, ya te había platicado que en un par de ocasiones un guajolote tocaba la ventana de mi habitación a la media noche y eso que mi cuarto está en un segundo piso y que lo vi flotando en el aire, sin ningún sustento para sostenerse.

Los chillidos de los pajaritos arreciaban, también el aleteo se hacía más brusco y agresivo. Total que decidí no asomarme a la ventana, mucho menos salir al patio para averiguar qué ocurría. Ya de mañana compartí con mi mamá mi experiencia y quedé atónita al saber que a esta altura del año ya no hay golondrinas hospedadas en la casa, sobra decir que tampoco tenemos aves. Me dio mucho miedo, quizá haya sido el guajolote de nueva cuenta y ahora quiso llamar mi atención con sus aleteos y el sonido de avecillas para provocar que abriera la ventana o a salir a averiguar ¡Ay no qué miedo!” Me comparte una joven profesora avecindada en un antiguo barrio bravo de la cabecera de Tula. *NI*

 

 

 

 

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