18 de ago de 2018

*LAS VACACIONES.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Verano, fin de las clases, es hora de irse de vacaciones, solíamos decir por estas fec


Por OFICINA | martes 24 de julio del 2018 , 04:40 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Verano, fin de las clases, es hora de irse de vacaciones, solíamos decir por estas fechas en edad escolar. Qué agradable era irse aunque fuese a un lugar cercano, ya sea de visita con familiares o amistades; mucho mejor si se iba lejos y se corrían aventuras y vivían experiencias que ampliaban nuestros horizontes. Siendo de familia ferrocarrilera, gozábamos de un pase de vacaciones que año tras año entregaban a mi papá en la empresa, con el fin de que la familia usara el tren como medio de transporte por todo el sistema. Papá solía programar sus propias vacaciones para que coincidieran con las escolares, lo cual a veces no se lograba pero pedía permiso en la escuela para que yo faltara un par de días y viajar en el tren pasajero.

 

Los preparativos del viaje eran extenuantes, desde preparar el veliz con ropa, hasta el lonche para la travesía que nos depositaría en nuestro destino, ya fuera en Lagos de Moreno para de allí irnos a San Juan de los Lagos; San Francisco del Rincón para trasbordar hacia el cerro del cubilete; la bella Guadalajara y de allí a Manzanillo con sus alucinantes paisajes serranos y grandes barrancas cruzadas por majestuosos puentes; el puerto de Veracruz para bañarnos en las olas del Golfo de México; el árido paisaje zacatecano de camino a Durango. A pesar de lo engorrosos que resultaban los preparativos, los viajes en los viejos carros de pasajeros resultaban alegres y divertidos,

 

Siendo un adolescente, pasaba de primero a segundo en la gloriosa Tollan,  nos trasladamos a San Luis Potosí, en donde ya nos esperaba mi papá, para pasar un par de semanas. El fuerte calor se combatía pasando grandiosos momentos en una hermosa alameda llena de pequeños estanques, con una bonita caja de agua, la alameda estaba ubicada frente a la estación del ferrocarril, por supuesto degustando una bolsa de frescas tunas verdes con limón y sal o un chicharrón de harina bañado en pico de gallo o salsa colorada; había, claro, que convidarle parte de la botana a los golosos patos que abarrotaban los estanques; en la parte poniente del majestuoso jardín había un enorme cine que por esas fechas exhibía “El patrullero 777” con Cantinflas y en la parte sur del parque se encontraba la veneradísima capilla del Señor del Trabajo, muy milagroso, que realmente es el templo de San José.

 

Siempre se podía elegir ir a caminar a las calles del centro y disfrutar de las referidas botanas que en cada esquina y quicio abundaban, además de la majestuosa arquitectura colonial del Real del Potosí. Los restoranes y cafés cercanos a la moderna terminal ferroviaria abrían las 24 horas, por lo que resultaba un lujo salir a cenar como Dios manda a la una de la madrugada, ya fuera un chocomilk con pan dulce, hasta unas enchiladas potosinas. En una de mis correrías encontré un tesoro: frente a la estación del tren vi a un grupo numeroso de parroquianos rodeando un modesto puestecito, lo que allí se despachaba despedía un olor delicioso, me acerqué y pregunté qué vendían, “Son tacos de machitos” me respondieron, raudo pedí 4 para probarlos, la respuesta me dejó en ascuas “Ya se acabaron”, no me di por vencido y volví a la carga ¿A qué hora llega mañana?, me dijeron que a las 7 de la tarde. Al día siguiente estuve esperando desde las seis y media a que llegara la marchanta.

 

La señora prendió un modesto anafre con carbón, con el consecuente ahumado para ella y su primer cliente que era yo, enseguida montó una mesita de madera; cuando las brasas estaban en su punto puso un gran comal a calentar; de una cubeta de metal comenzó a sacar los machitos para freírlos en su propia grasa, de allí se desprendía el olor fascinante que una noche antes me esclavizara, en un costado del comal colocó tortillas cuyas orillas se quemaban con lo caliente del metal y la cercanía de las brasas. La suerte estaba echada, los clientes llegaban a montones, pero ninguno de ellos me arrebataría la dicha de ser el primero en probar el apetitoso bocado esa noche sanluisina.

 

No podía exponerme a que se acabaran pronto, así que olvidé la regla de oro de todo amante de los tacos y me aventé a pedir 6, la señora comenzó a preparar mis tacos, los machitos crujientes no dejaban de gritar pidiendo ser comidos, las tortillas les albergaron, me pasaron mi plato y les rocié con una salsa roja aguada que se ofrecía en un toper. Les aseguro que han sido los tacos más deliciosos que he comido en mi vida. Ya la señora se afanaba en despachar a los demás clientes, disfruté cada bocado y decidí que noche tras noche de mi estancia en San Luis Potosí iría a cenar en ese puesto callejero, bebí un titán que me ofrecieron y pedí la cuenta, que resultaba baratísima aún para un chamaco glotón como yo que solo disponía de su domingo como único capital.

 

Regresé con mi familia, satisfecho por el banquete de tripas de chivo que acababa de tomar, así que cortésmente rechacé cenar o merendar, me dirigí a escuchar por radio el partido de futbol de un campeonato de jóvenes valores en el que el Cruz Azul debutó a Marco Antonio Trejo, a Pepe Gómez, a Julito Aguilar, a López Malo y a muchos otros grandes jugadores que dieron brillo y gloria a La Máquina; esa noche vencieron sin piedad al San Luis en una semifinal de alarido; aunque la final se perdió en el 10 de Diciembre contra los Leones Negros de la U de G que presentaron a su cuadro de lujo.

 

Mi ritual se repitió noche tras noche, ya les he mencionado que así lo había decidido, desde engullir varios tacos de machitos hasta declinar cenar, hasta que llegó el momento en que mi papá se molestó por mi inapetencia y me llamó la atención, mi respuesta fue transparente como el agua: “Es que a diario como tacos de machitos afuera de la estación; están muy sabrosos” Mi papá se carcajeó y preguntó porque no les había dicho para que mi familia también los comiera, mi respuesta fue aun más simple: “Pues no me habían preguntado”. Enseguida me pidió que lo acompañara al puesto a comprar tacos para todos, fui diligente y eso sí, deje en claro que yo ya estaba lleno y no comería más, pero aunque quisiera hacerlo los tacos ya se habían terminado, así que mi familia se quedó con las ganas de probarlos esa noche, hasta el día siguiente, pues como yo ya estaba amarchantado con la señora, ella no tuvo el menor problema en apartarnos una buena cantidad para, ahora sí, cenar en familia ¡Qué buenas vacaciones! *NI

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