21 de jun de 2018

*DOS HISTORIAS TULENSES

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   La mirada de San Juan Bautista: La pared está pintada en color azul cielo, no se trata


Por OFICINA | martes 20 de marzo del 2018 , 05:45 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

La mirada de San Juan Bautista: La pared está pintada en color azul cielo, no se trata de la pared del colonial inmueble franciscano, ambas están separadas quizá por un par de metros; la primera tiene dimensiones inferiores que la segunda. Hay nubes que la adornan, semejando el cielo; de manera simétrica un arco enmarca el hermoso Cristo de largos cabellos y esbelta silueta que parece estar hecho de pasta de caña, afuera del arco y a cada costado se ven querubines de abundante cabellera. Arriba del arco una enorme paloma irradia luz hacia el Cristo y unas manos.

Al lado derecho del Cristo y debajo del querubín se halla un cuadro de la virgen de Guadalupe sobre una base de cantera del lugar, grabada con un querubín. El conjunto se sobrepone a un pequeño arco de cantera. Al centro y al pie de la cruz está la custodia resguardada por ángeles. Del lado izquierdo del Cristo y dentro de los límites de un pequeño arco de cantera, también montado sobre una base del mismo material pétreo con un cordero grabado, de pie y vestido con túnica está una estatua del Santo Patrón de Michimaloya, San Juan el Bautista; a sus pies yace un cordero con bellos ojos; San Juan tiene levantado el brazo derecho con la mano en señal de saludo o quizá dando un sermón, en virtud de la posición del brazo izquierdo. La figura está atada por un cable que le pasa a la altura de la cintura.

La cabeza de San Juan muestra una abundante melena, al igual que su rostro que se muestra bastante barbado. Las cejas no son tan abundantes y enmarcan unos ojos que dicen mucho y a la vez son un enigma. “Su mirada es de búsqueda, mientras que la del cordero es plácida” me dice mi culta amiga la Bióloga Leslie a pregunta expresa. Podría ser. La mejor definición la tendrá Usted lector cuando visite la Capilla de San Juan Bautista en Michimaloya y además de admirar la arquitectura franciscana del siglo XVI, las gruesas paredes, fíjese en el ancho de las mismas en cada ventanal, construida con barro y tepetate, su bóveda de cañón corrido, sus muros almenados, la figura de un pez en su fachada, su torre de 2 cuerpos; los 3 arcos de cantera que dividen en 4 partes el cuerpo de la construcción y que muestran querubines y flores, quizá rosas, el color vivo de las paredes y la bóveda en la parte del altar; el coro construido sobre un arco empotrado en columnas. Pero sobre todo va a admirar la mirada de San Juan el Bautista, el profeta nacido de Santa Isabel el 24 de junio, medio año antes que naciera Jesús, a quien el genio Leonardo da Vinci pintó unos 20 años antes de que la capilla que nos ocupa fuera construida. No se pierda la oportunidad de conocer esta espléndida joya del virreinato, construida con el talento y el esfuerzo de los primeros frailes franciscanos y los naturales de la antigua Tula.

Rosa Elena Trejo Espino. 35 años de maestra: “Mañana voy a llevar a la nena a Zimapán, a la escuela a donde la enviaron de la SEP ahora que terminó la Normal en Progreso, te invito a que me acompañes por si el carro me da lata o se me poncha una llanta, así me echas la mano. Saldremos a las 6 de la mañana.” Me dijo una tarde de verano mi primo Sotero mientras degustaba su comida, mi respuesta fue afirmativa. Apenas clareaba cuando ya estábamos preparados para irnos, Sotero vestía de manera formal con unos relucientes zapatos bostonianos, Rosa Elena llevaba sus cosas en un par de maletas, yo traía una sudadera, pantalón de mezclilla y unos Converse de lona, de bota, color verde olivo. Antes de salir, su esposa Martha me ofreció un Chocomilk y pan dulce y nos llenó de recomendaciones.

El viaje no tuvo contratiempos, a buen paso del Valiant rojo atravesamos por Tlahuelilpan, Mixquiahuala, Progreso, Ixmiquilpan, Tasquillo y muy felices llegamos a Zimapán antes de que la enorme primaria que está en el centro abriera sus puertas. En ese momento solo bastaría localizar la comunidad: “Cerro Colorado” en la que estaba ubicada la escuela asignada para comenzar la carrera profesional de la nueva profesora. Preguntamos y nos orientaron que había que salir rumbo a Tamazunchale, llegar a un sitio de nombre “Maguey Verde” y de allí a Cerro Colorado. Salimos de Zimapán sonrientes y confiados de que muy pronto estaríamos sin novedad en nuestro destino.

Recorrimos varios kilómetros de sinuoso camino bordeado de paisaje árido; continuamente encontrábamos carros tanque y muy pocos autos. Esporádicamente veíamos algún caserío. De buenas a primeras comenzamos a subir por una escarpada carretera y un bello bosque, a esa hora ya llovía, quizá llevábamos alrededor de una hora buscando la comunidad y teníamos el temor de habernos perdido, la neblina que empañaba el horizonte nos creaba más confusión.

Sotero decidió dar vuelta y preguntar a un señor que vimos trabajando a un costado de la carretera. La maniobra no fue sencilla dada la estrechez de la carretera. Llegamos a donde un hombre paleaba material y preguntamos, él de manera muy amable nos orientó, había que estacionar el auto y caminar 5 kilómetros por una terracería para llegar a Cerro Colorado. La neblina se disipó un poco con la lluvia que comenzaba a caer, como si una gran cortina se recorriera y nos permitiera admirar el hermosísimo paisaje que se regalaba a nuestra vista: cerros llenos de pinos, el olor maravilloso, un caserío que resultó ser “Maguey Verde” y una bonita terracería que nos llevaría a Cerro Colorado.

El amable hombre ayudó a Sotero a estacionar su Valiant rojo en un sitio seguro y gentilmente accedió a llevarnos caminando a Cerro Colorado, pues el lodo de la terracería no permitía la entrada de autos “Hasta los camiones de carga se quedan atascados y solo se pueden sacar al terminar la temporada de lluvias” dijo, lo cual no nos dejó otra opción que caminar los 5 kilómetros, lo cual alardeamos era nada para deportistas consuetudinarios como nosotros; lo malo es que no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. Los primeros metros caminamos con vigor y de excelente humor, yo no paraba de preguntar detalles al señor, obteniendo respuestas que me maravillaban: “Aquí hay coyote, a veces gato montés, armadillos, liebres, cascabel, coralillo. Más arriba venado.” Los piñones se apilaban por el suelo mientras la lluvia arreciaba; quizá no habíamos caminado la mitad del trayecto cuando ya los zapatos bostonianos de Sotero traían grandes planchas de lodo, Rosa Elena resbaló y de buena gana se carcajeó al ver sus pantalones llenos de lodo rojo; yo había luchado por salvar mis Converse pero era una misión imposible, el lodo me atrapaba. Y eso que aún estaba transitable el camino. Ni decir de nuestras mojadas ropas.

Por fin llegamos a un caserío, las personas se asomaban a ver quienes les visitaban, la terracería nos llevó a lo alto de una pequeña colina en donde se instaló la Escuela Primaria y allí fuimos recibidos con extrema alegría por un profesor de avanzada edad, que al parecer veía cumplido su sueño de ser relevado por la nueva maestra. Raudo y veloz se presentó como el Director y único personal de la escuela, atendía a todos los grupos. Le mostró a Rosa Elena las instalaciones, le aleccionó sobre las familias que daban de comer, de dónde había que acarrear agua para las necesidades y echarse un jicarazo e hizo la pregunta clave con una gran sonrisa en el rostro ¿Ya se queda a trabajar verdad Maestra? De la alegría pasó a la decepción al escuchar que la nueva Maestra aun debía cumplir con trámites en Pachuca y en Zimapán, quizá pensaría que la lejanía le había desalentado.

Y allá vamos de vuelta por la terracería caminando los 5 kilómetros hasta llegar al Valiant rojo, el señor guía nos echó aguas para subir a la carretera y se puso a las órdenes; gran persona, no quiso aceptar un dinero que Sotero le ofrecía por habernos guiado y orientado. Cansados, hambrientos y en silencio llegamos de vuelta a Zimapán, a las instalaciones de la enorme escuela que está en el centro y en donde Maestras y Maestros expresaban la bienvenida a Rosa Elena y coincidían en decir que le había tocado una escuela cercana.

A los pocos días ya estaba instalada, dando inicio a una carrera ya de 35 años en la docencia, diez de ellos siendo Directora de la Primaria 18 de Marzo en Iturbe, cuya comunidad le rindió homenaje y entregó un bonito reconocimiento en el marco de la ceremonia cívica que conmemoró la expropiación petrolera. La maestra Rosa Elena, ahora Directora de la Primaria del El Llano y vecina de Nantzha desde hace varias décadas, no se lo esperaba y gruesas lágrimas de emoción surcaron su rostro mientras el alcalde de Tula Gadoth Tapia y el profesor Félix López, supervisor de zona, le entregaban el pergamino enmarcado elegantemente, la comunidad le aplaudía y los pequeños del preescolar Agustín de Iturbide le echaban una emotiva porra: “Rosita, Rosita, ra, ra, ra”. En sus redes sociales sus colegas y amistades de Iturbe le elogiaban. La felicito y muy emocionada me dice que recuerda cuando una mañana de verano fuimos a Cerro Colorado, llenos de lodo rojo, a su primera escuela, les comparto a mis queridas amigas Yisdra, Gloria y Bianca que la escuchaban con emoción y la miraban con admiración, que tanto Sotero como yo sufrimos mucho para limpiar nuestro calzado, él sus bostonianos y yo mis Converse verdes, Rosa Elena ríe y enjuga sus emocionadas lágrimas, quizá recordando a sus 35 generaciones de alumnos, compañeros, amigos y por supuesto a su familia: esposo, hijas, hijo y en tres y media décadas de carrera magisterial ¡Felicidades Maestra Rosa Elena Trejo Espino! NI.

 

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