15 de dic de 2017

*Cuando AC/DC tocó en México.

Por José Antonio Trejo Rodríguez    “Mañana será 18 de noviembre y comenzarán a vender los boleto


Por OFICINA | viernes 24 de noviembre del 2017 , 06:34 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez

 

 “Mañana será 18 de noviembre y comenzarán a vender los boletos para el concierto de AC/DC. Te lanzas temprano, tú que tienes tiempo antes de que entres a tu chamba; ya les llamé al “búho” y al “padre” para que pasen a dejarte su dinero”, sentenció “el piojo” fervoroso rocker, al tiempo que me extendía el dinero para comprar cuatro boletos. Muchos meses antes, al salir de un concierto de los Rolling Stones, con la euforia a cuestas por haber escuchado a “sus satánicas majestades” él y “su carnal el diablo” habían alardeado junto conmigo, que cuando la popular banda australiana se presentara en México estaríamos presentes en la primera fila, pues de ese tamaño era nuestra devoción a la música creada por los hermanos Young: Angus y Malcolm, así como al resto de sus compañeros: Brian Johnson, Phil Rudd y Cliff Williams.

A la mañana siguiente, sintiéndome muy astuto, me dirigí al recién abierto Wal-Mart de eje 4 sur y Rojo Gómez, el primer súper de esa cadena abierto en la Ciudad de México. Ya había visto allí un expendio de Ticket Master, así que para evitar filas en el Palacio de los Deportes, llegué a formarme en el tercer lugar de la cola, aguardé a que abrieran y sin problema compré los nueve ansiados boletos con la emoción desbordada devoré las letras allí impresas: AC/DC Palacio de los Deportes. Viernes 16 de febrero de 1996; 20:30 horas, sección D, pasillo 8, fila K, asiento 6 se leía en el mío, a un precio de 160 nuevos pesos más un cargo de 12 nuevos pesos. No era primera fila, pero estaban bien ubicados y lo más importante, se ajustaban a nuestros particulares presupuestos.

Feliz de la vida subí a un vocho blanco que por esas fechas tenía, conocido por propios y ajenos como “el conejo blanco” y agarré camino al trabajo. Me sentía un héroe y en el recorrido puse una cinta de mi banda favorita. Al llegar a la oficina me dediqué con ahínco a mis labores y al filo del mediodía “el piojo” me llamaba por teléfono desde su chamba, su hablar siempre desenfadado había cambiado a la emoción, a la exaltación, cuando me preguntó sin preámbulos: “¿Conseguiste los boletos?” En ese momento fue cuando se me ocurrió jugarle la que quizá sea la broma más pesada que alguien le haya recetado: “N´hombre, había una gran fila; dicen que desde anoche estaban formados los fanáticos, así que los boletos volaron. No alcanzamos”, le solté con seriedad.

 

Un breve silencio antecedió a su respuesta, ahora con voz decepcionada pero cargada de esperanza “¡No me digas! Mira, lo más seguro es que abran otra fecha y allí sí ¡Nos vamos a acampar desde el día que lo anuncien, hasta que encontremos boletos!”. Ya no pude aguantar la risa y exultante le dije que ya tenía los boletos conmigo, que le había bromeado. Aliviado y benigno alegó, ya con su característico buen humor de regreso, que no me diría nada por el susto que le había hecho pasar porque era buena persona y para que no me fuera a enojar y le negara el auténtico tesoro que desde temprano tenía en mi poder.

Faltaban tres meses para el concierto, suficiente tiempo para planear las actividades posteriores a una noche de viernes de concierto y la verdad no nos costaba mucho esfuerzo llegar a acuerdos, pues siempre hacíamos lo mismo: irnos al famoso “Tenampa” de la Plaza Garibaldi a cenar y a tomar unos tragos, ya fuera con ZZ Top o Iron Maiden; menos cuando fuimos a ver a The Cult, a Joan Jett y al Tri, ya que fue tan largo el concierto que cuando salimos del Palacio de los Deportes ya casi amanecía. No obstante “el búho” insistía casi a diario por teléfono para que no olvidáramos que al salir del concierto nos fuésemos a Garibaldi a saciar la sed.

Como no hay plazo que no se cumpla, el ansiado viernes 16 de febrero de 1996 llegó y con ello un tráfico insufrible para circular por el viaducto, aliviado por música ajena a AC/DC para recibir la descarga de rock en vivo. Ya varios de mis amigos estaban instalados en las gradas, al ir en su encuentro encontré al “transparente”, un buen amigo de la universidad, quien acompañado por sus sobrinos acudía a disfrutar de la buena música; después de los saludos y abrazos de rigor, mencionó “Ahorita está tocando la banda del sobrino de Angus, ni vale la pena que le corras”. Acordamos vernos a la salida para irnos todos juntos al “Tenampa” a celebrar el encuentro de “los hooligans” de Economía de la UAM-I.

El Palacio estaba al tope, el escenario mal iluminado le servía parcialmente a una banda de jóvenes a quienes nadie hacía caso, concluyeron su actuación y ahora sí, seguiría lo bueno. El personal de apoyo de la banda salió a afinar los últimos toques y que se arranca Phil Rudd con su batería, apostados a cada costado Cliff Williams con su siempre inseparable camisa de mezclilla desfajada tocando el bajo, mientras que las notas arrancadas a la guitarra por parte de Malcolm Young difundían a todo volumen el inconfundible ritmo de AC/DC; Angus y Brian surgieron de la obscuridad, los inconfundibles riffs del primero y la aguardentosa voz del segundo bañaron el vetusto inmueble, dando comienzo al concierto más poderoso al que he asistido.

A partir de ese momento quedaba lejos, pero a años luz, la experiencia de haber disfrutado en alguna ocasión del documental de 1980 titulado “Let There be Rock” que en su tiempo se programó en cines y en cine clubes universitarios, esa era hasta el momento la más cercana experiencia a nuestra banda que los fanáticos habíamos vivido en México. Ahora era diferente, podíamos sentir la emoción de un concierto en vivo. Por su entrega sin descanso, hasta parecía que la banda sabía el ayuno de sus conciertos al que estábamos sometidos. Fue apoteósico, veíamos a Angus Young correr, brincar, caminar por todo el escenario, el sudor chorreaba por su cabellera, así que pronto se despojó de su saco, corbata, gorra y camisa hasta quedar solo en bermudas y tenis; a cada pausa se dirigía atrás de la batería para inhalar grandes bocanadas de un tanque de oxígeno, beber agua de una botella y salir a entregarse sin medida a sus fanáticos.

Como se acostumbra en sus conciertos, Brian lo cargó entre la multitud mientras tocaba, mientras que Malcolm y Cliff, impasibles, tocaban a los costados de la batería de Phil. Una gran campana con el nombre de la banda inscrito, descendió al escenario, Brian se columpió de la soga que pendía de su badajo. El festín musical duró un par de horas: tocaron Bad Boy Boogie, Hells Bells, Highway to Hell, The Jack, Whole a lot´a Rosie, Dirty Deeds, Let There Be Rock, Rocker, Back in Black entre otras y para cerrar ejecutaron For Those About to Rock acompañados por una batería de cañones que hicieron temblar la sala.

Salimos agotados y además sordos, nadie recordó o mejor dicho todos fingimos no recordar nuestro compromiso de ir a Garibaldi, estábamos rendidos ante la música de AC/DC. Con los oídos zumbando cada cual se dirigió a su respectivo hogar. Todavía me zumbaron los oídos a la mañana siguiente. Volví a ver a mi banda favorita en el Foro Sol el 12 de noviembre de 2009, en compañía de “el búho” y del “padre”, desde un año antes buscábamos boletos para ir a San Antonio a verlos, así que fue sensacional acudir a un concierto de ellos de nueva cuenta, pero nada se compara con aquel concierto maravilloso, maravilloso como coro de angelinis, del 16 de febrero de 1996.

El 18 de noviembre de 2017 las redes sociales de AC/DC lo anunciaron y lo replicaron las redes de todas las bandas y revistas de rock famosas, dando además sus condolencias a la familia y amigos: Malcolm Young había fallecido a la edad de 64 años. Exactamente 22 años atrás, el 18 de noviembre de 1995, yo había cumplido la encomienda de mis amigos: comprar nueve boletos para ir a ver y a escuchar el mejor concierto de mi vida, a mi banda favorita, a AC/DC. *NI*

 

 

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