21 de jun de 2018

*CHULADA DE MAIZ PRIETO.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Solamente después de una jornada de cosechar maíz se puede entender la sabrosur


Por OFICINA | viernes 18 de mayo del 2018 , 05:33 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Solamente después de una jornada de cosechar maíz se puede entender la sabrosura de un plato de sopa aguada y de un guiso de carne de res con chilacas acompañado de frijoles, era el menú que doña Angelita llevaba para que los jornaleros degustáramos al filo del mediodía, bajo la sombra de un frondoso pirul que nos protegía de los candentes rayo solares, haciendo pausa a la jornada que había comenzado a las 6 de la mañana al abordar un taxi que nos llevaba a la parcela en la que a cada uno le era asignado un surco.

 

Armados con un clavo y protegidos de los mosquitos con ropa de trabajo, los novatos emprendíamos con dificultad la cosecha de las amarillas mazorcas con las que íbamos llenando un ayate colgado en nuestros hombros; los más avezados se reían de nuestras dificultades mientras avanzaban a paso redoblado. El calor hacía estragos, la ropa de trabajo protegía de zancudos y de cortadas de las finas hojas de las cañas, pero deshidrata. Por esa razón la sopa y el guisado sabían a gloria y ni qué decir de los elotes que a todos nos compartían al concluir el día “Llévense a su casa unos elotitos para que hagan esquites”, decía paternal don Juanito Villeda, el dueño de la parcela.

 

“La beca me la otorgó una agrupación de agricultores de Ohio, así que fuimos a agradecerles y a cenar con ellos. El menú se compuso de ensalada, pan de maíz, carne con vegetales y de postre pastel de elote”, rememora mi prima Guille Rodríguez al volver de los Estados Unidos en donde estudió una Maestría en la Universidad de Ohio y concluye: “La siembra de maíz es muy importante para la economía de aquel estado y en la dieta de las personas”

 

“Nos gustan mucho los elotes que echan en barbacoa”, dicen los Amigos de la Bici mientras le ajustan cuentas a unas amarillas y muy calientes mazorcas recién salidas de un candente horno después de ocho horas y son ofrecidas en un cesto. Previo a su degustación los comensales las han bañado con jugo de limón y granos de sal. “Están riquísimas”, dicen mientras arrancan los granos con inocultable fruición.

 

La música suena con sabrosura inundando el primer cuadro de Tula, el joven dependiente del puesto de elotes instalado en la esquina de Hidalgo y Zaragoza atiende con diligencia a su abundante clientela, que, ordenadamente, se forma para hacer su pedido de la amplia variedad ofertada: esquites fritos con epazote y chile, esquites hervidos con patas y mollejas de pollo, esquites hervidos con tuétano de res, elotes y tortas de esquites que son muy famosas.

 

Una señora pide dos tortas y al instante el joven saca dos bolillos de una bolsa con el nombre y el logo de una céntrica panadería, las mete a calentar en el comal de los esquites, procede a abrirlos, siempre sobre la caliente plancha, les unta mayonesa, agrega aguacate y queso y bastantes esquites con epazote y chile piquín al gusto, las envuelve en una bolsa individual y las despacha junto con una servilleta. “Deme unos esquites”, pide un cliente recién llegado, “permítame, en cuanto despache a la señorita”, dice señalando a una bella joven acompañada de dos niñas y un caballero, pide dos vasos de esquites con pata y molleja y dos elotes preparados, uno con todo y otro sin chile.

 

Ahora se escucha “el bule bule” cuyo nombre original es “Wooly bully”, el joven baila y canta con alegría; “Puras clásicas” comenta mientras llena a la mitad los vasos con los granos de maíz hervidos, pone mayonesa y chile piquín, de un toper saca cuidadosamente con pinzas patas y mollejas que agrega al caldoso guiso de maíz, pone una pieza en cada vaso y más granos, más mayonesa, queso rallado y chile piquín, acompaña a cada vaso con una servilleta y los entrega y pasa a preguntar: “Su elote con chile del que pica o que no pica”, baña las mazorcas clavadas en un palo con limón, sal, mayonesa, queso y piquín y su respectiva servilleta.

 

Mi elote es sin chile y al devorarlo sentado plácidamente en una banca del jardín recuerdo y me veo reflejado en aquellos cuervos ensombrerados, personajes de caricatura, amigos de Speedy González y rivales del gato Silvestre, que armados de una gran dentadura devoraban mazorcas con avidez y buen humor. No puedo evitar recordar también aquella gran frase que mi papá mencionaba cuando algo le gustaba “Chulada de maiz prieto”. *NI*

 

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