24 de abr de 2018

*CARAVAGGIO.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.   Llegamos a las inmediaciones del Museo Nacional de Arte (MUNAL), ubicado en la calle de Tacub


Por OFICINA | martes 3 de abril del 2018 , 06:13 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.

 

Llegamos a las inmediaciones del Museo Nacional de Arte (MUNAL), ubicado en la calle de Tacuba del Centro histórico de la Ciudad de México alrededor de las 9 de la mañana, gracias al escaso tráfico vehicular de la semana mayor. Un par de jóvenes descansaban en la base de “El caballito” la estatua ecuestre del monarca Carlos IV, creada por Manuel Tolsá a principios del siglo XIX, antes de que iniciara la lucha de independencia.

Frente a la estatua de cobre se alza imponente el “Palacio de Minería” construido por el mismo Tolsá. El MUNAL fue construido un siglo después que sus vecinos y se conoció como el “Palacio de Comunicaciones” hasta que a partir de 1982 alberga una de las colecciones de pintura novohispana más impresionantes de México. A partir del 22 de febrero de este año, en coordinación con el Musei Capitolini de Roma, el MUNAL expone “La Buona Ventura” realizada en 1596 sobre una pintura incompleta de una virgen por Michelangelo Merisi da Caravaggio, nacido en Milán en el día de San Miguel, el 29 de septiembre de 1571.

 “¿Esta es la fila para entrar a ver a Caravaggio?” nos dice una señora antes de formarse detrás de nosotros. Mi emoción por ver una de las obras del famoso pintor milanés es alta; por fin son las 10 y comienza el ingreso. “Mochilas y bolsas deben ser depositadas en el guarda ropa”, dicen diligentes los guardias, hombres y mujeres vestidos de negro. Cuidan que el acceso sea ordenado y seccionan en grupos a los visitantes. La caja registradora atiende con rapidez a quienes no portamos credencial de profesor o de estudiante y debemos pagar 65 pesos “¿Va a tomar fotos? Debe pagar el derecho y ponerse este ticket en alguno de sus dedos cuando use su cámara”, dicen. Cubierto el trámite se sube al primer nivel por unos elegantes y agotadores escalones; más vigilantes señalan el camino para iniciar la experiencia Caravaggiana, aunque el piso tiene flechas y marcadores, como si de una cuenta regresiva se tratase, para llegar a las salas anheladas.

 “En nuestros tiempos se levantó, en Roma, Miguel Ángel de Caravaggio, en el pontificado del papa Clemente VIII, con nuevo plato, con tal modo y salsa guisado, con tanto sabor, apetito y gusto, que pienso se ha llevado el de todos con tanta golosina y licencia, que temo en ellos alguna apoplejía en la verdadera doctrina: porque le siguen glotónicamente el mayor golpe de los pintores…” Es el inicio de un texto de Vicente Carducho escrito en Diálogo de la Pintura en 1633, criticando el estilo de Caravaggio y que se encuentra en la pared de inicio de la exposición. Enseguida se presenta su contraparte que elogia su estilo natural, que no esconde defectos, ni busca adornarlos.

Otro texto, en otro muro, establece: “Su manera de pintar se correspondía con su fisonomía y aspecto; era de tez oscura, y tenía oscuros los ojos, negras las cejas y el cabello, y esto, naturalmente, se reflejaba en su pintura. Su primer estilo, dulce y de colores puros, fue el mejor; con él alcanzó el mayor mérito y demostró, con loores, ser el mejor colorista lombardo. Mas luego cambió a su manera oscura, impulsado por su propio temperamento, como su forma de ver era también turbulenta y pendenciera; por causa de ella, dejando primero Milán y su patria tuvo después que huir de Roma y de Malta, ocultarse en Sicilia, luchar contra los peligros de Nápoles y morir miserablemente en una playa perdida. No dejaremos de señalar sus modales, y su manera de vestir. Gustaba de adornarse con terciopelos y paños costosos, más una vez que vestía un traje ya no se lo volvía a quitar hasta que se le caía hecho jirones. Era de lo más negligente en cuanto a su aseo y, durante muchos años, usó la tela de un retrato a guisa de mantel, comiendo en él mañana y tarde”. El autor es Giovanni Pietro Bellori en Vida de pintores, escultores y arquitectos modernos de 1672.

Los curadores de la muestra cuidaron de arropar a la única obra de Caravaggio exhibida en la muestra, haciendo notoria su influencia en la obra de pintores “tenebristas” de España y de la Nueva España: Cristóbal de Villalpando, Baltasar de Echave Rioja, Sebastián López de Arteaga, Francisco de Zurbarán, José Ribera “El Españoleto”. Se pueden admirar bellísimas imágenes de Santos, vírgenes, querubines, corderos y hasta sabios, como San Francisco de Asís, Galileo Galilei, San Bartolomé, Magdalena, San Gerónimo, antes de llegar a la obra que domina una amplia sala, no solo por su tamaño y magnificencia, también por sus colores y expresiones de quienes allí están retratados.

La joven arreglada con un turbante de color blanco mira directo a los ojos, con coquetería, al joven caballero tocado con un elegante sombrero negro adornado con plumas en color blanco y negro, el ala del mismo se carga a la derecha del rostro de su portador, del lado izquierdo se aprecia el buen arreglo de su cabello que acentúa su vanidosa actitud incrementada por el brazo izquierdo puesto en posición de jarra y la mano sobrepuesta en la cintura, rozando la empuñadura de su espada. La túnica blanca de la mujer, que se menciona es una gitana, tiene sobrepuesta una capa en color azul con una franja roja en su parte superior. El caballero porta sobre su hombro derecho una elegante capa negra, su traje color mostaza es fino y parece estar parado con las piernas ligeramente separadas. Denota seguridad en lo que hace y quizá se siente capaz de conquistar a la aviesa gitana cuya mano izquierda sujeta con firmeza la muñeca y el comienzo de la mano del caballero, mientras que la mano derecha de la mujer desliza sus dedos, con las uñas sucias, entre los dedos del caballero y aprovecha para zafarle un anillo al momento que le lee la mano. Por eso el título de la obra “La Buena Fortuna”. Por cierto, la mirada de la gitana se vuelve pícara si la aprecia desde su costado. La muestra concluye con una presentación digital de varias obras de Caravaggio.

No se puede perder esta exposición que concluirá en julio. Si le queda un poco de energía, puede aprovechar para admirar la colección del MUNAL, le recomiendo una Virgen de Guadalupe con un rostro bellísimo, realizada en el siglo XVIII por Manuel Osorio y una amplia colección del pintor del siglo XVII José Juárez, cuyos rostros se repiten en las obras que allí se exhiben, quizá se trate del propio autor en diferentes momentos de su vida. El Museo Nacional de Arte y Caravaggio son una excelente opción para pasar los últimos días de vacaciones, están cerca de Tula y es muy accesible para todos los bolsillos; si lo elige no se arrepentirá. *NI

 

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