14 de nov de 2018

*BRUJAS Y APARECIDOS EN TULA.

Por José Antonio Trejo Rodríguez. A mediados de los años 70 se decía que a la altura del terreno que ahora ocupa una tien


Por OFICINA | martes 23 de octubre del 2018 , 05:34 p.m.

Por José Antonio Trejo Rodríguez.
A mediados de los años 70 se decía que a la altura del terreno que ahora ocupa una tienda de conveniencia en Jalpa se aparecía por las noches una gran llamarada que alumbraba la tranquilidad de la noche, su resplandor crecía y disminuía a capricho, ni los perros se atrevían a ladrar, mucho menos los testigos que desde sus ventanas le llegaron a observar. “Subía y bajaba por el aire, como si estuviera danzando y se escuchaban risotadas”, mencionaban los sorprendidos parroquianos que habían podido ver y oír aquel extraño fenómeno. Ya de mañana acudían a verificar los restos de ceniza de la hoguera fenomenal que les había despertado por la madrugada. “Es una bruja”, dijo un viejo conocedor de esas lides y agregó: “Entre esas cenizas guarda sus ojos y piernas, vayan y sáquenlos y la bruja morirá” Por supuesto que no hubo ningún valiente que se atreviera a seguir tamaña recomendación.
O le sucedió una madrugada en el mismo sitio en los años 70s a mi primo Sotero y se lo platicó frente a toda la familia a mi hermano Carlos: “Compadre, venía caminando del baile a la altura de la magueyera y entre la bruma vi a una muchacha delgadita caminando delante de mí, pensé que se trataba de alguna vecina que regresaba de la fiesta patronal con su familia y no puse atención, hasta que la perdí de vista, creyendo que ya había entrado a su casa; pero no sé por qué razón se me ocurrió voltear y la vi de nueva cuenta, pero ahora caminando detrás de mí; llegué a la puerta de la casa para ver quién era y solo pude ver que se metió entre los magueyes. Me animé a sacar mi lámpara, seguí el mismo camino de la muchacha y más tardé en verificar que en el polvo no había huellas de sus pisadas cuando la vi delante de mí, dándome cuenta que no pisaba el suelo. Regresé de inmediato a la casa, con los pelos de punta y directo a meterme debajo de mis cobijas”
Me platicaba Arturo: “Era muy amigo de tus hermanos, así que me pasaba toda la tarde jugando y platicando con ellos, hasta que oscurecía y no quería regresarme a mi casa, que estaba en contra esquina de la plaza de El Huerto. En esos años no era como hoy, no había canchas, era un lugar lleno de árboles, de pinos muy altos. No me gustaba atravesarme por allí porque me salía una figura en medio del camino, me daba miedo, así que tu mamá y hermanos me encaminaban; pero como estaba todo oscuro sentía pavor de que el bulto no me dejara pasar. Nunca supe que era”
Se decía que en unos paredones en “las manzanitas” se aparecía a la media noche una figura que no dejaba pasar a quien se atreviera a caminar por allí. Mi papá me comentaba que esa historia la conocía desde niño, él nació en 1915. Así que siendo niño, mi abuelo Ponciano, queriendo forjar el carácter de sus hijos, los enviaba a hacer mandados por la noche en los sitios que se señalaban como sede de aparecidos. A mi papá le tocó ir a las manzanitas, bajo cualquier pretexto, así que a trote se dirigió al sitio señalado y de inmediato regresó a su casa en Nantzha. Llegó agitado por la carrera que había pegado, pues él no era ajeno a lo que se contaba. Mi abuelo lo vio, le preguntó qué había visto, él respondió que nada extraño y en ese momento mi abuelo le hizo ver que los cuentos de aparecidos eran eso, cuentos, que solo afectaba a las personas sin carácter.
Aunque en esos mismos paredones decía mi hermano Carlos que se le aparecía una figura enigmática a mi primo Genaro, que viajaba en su moto de regreso de trabajar en La Tolteca; el primo era bravo, no se amilanaba y se bajaba de la moto para exigir paso franco; en ese instante la silueta desaparecía, Genaro volvía a subir a su moto y de nueva cuenta se le atravesaba, hasta que comprendió que aquello no era normal y decidió hacerse acompañar por Carlos. Santo remedio, comentaba mi hermano: “Yo nunca vi nada, aunque Genaro decía, fíjate bien chocolate, no nos vaya a salir de esos paredones. Incluso llegamos a ir en bola a ver los paredones pensando que allí se ocultaban trampas del tren y salían a asaltar y solo hallamos basura, tierra, allí no vivía nadie”.
“En ese árbol ahorcaron a un señor en la Revolución, así que en las noches de luna llena se aparece. Ten cuidado cuando llegas de trabajar, no te vayas a espantar”, le platicaba a mi cuñado Santiago uno de sus tíos. El árbol era un enorme pirul en Jalpa, actualmente ya no está, lo tirarían hace unos 30 años al abrir una calle o al construir casas. Por el mismo rumbo se decía que al oscurecer se aparecía una persona acompañada de una enorme puerca que no dejaba pasar a los vecinos. Los chiquillos, creídos de la especie, se negaban a pasar por allí, sobre todo porque se decía que se aparecía un bebé que al ser recogido por los incautos mostraba un rostro ennegrecido y unos enormes y filosos colmillos y les espetaba con sonrisa burlona “Mira mis dientes”.
Decían que a uno de mis primos los muertos lo jalaban hacia la huerta de su casa. Mi abue le ponía un escapulario bendecido y la reliquia amanecía tirada a medio pasillo y el primo en la huerta. Mis tíos practicaban toda suerte de remedios: agua bendita, semillas de mostaza, cirios bendecidos, escapularios, medallas y no había forma de salvar al primo hasta de palizas que decían le propinaron los difuntos. Amanecía con el cuerpo morado y sin recordar qué le había ocurrido. Nunca supe el final del misterio, quizá nunca terminaron sus tormentos.
Me despido a modo de advertencia para todos nosotros, con la tenebrosa canción de las brujas del gran Cri Cri: “La torre negra crece a media noche, cuando el búho canta. Vuelan las brujas en grandes escobas al juntarse las agujas del reloj. Los niños malos sueñan visiones y los enanos les dan pescozones, para que se porten bien. Entran las brujas por las ventanas, siempre se esconden bajo las camas y con miradas bizcas echan chispas para quemar a los muchachos tontos que no quieren estudiar. En el tapanco suenan pisadas, se oyen portazos y risotadas. Son las malditas brujas empeñadas en buscar, a los groseros y mentirosos y a los que estudian mal. Pero los buenos duermen risueños, en sus camitas con lindos sueños, Una nenita sueña que su osito se va a casar, con la muñeca rubia que le acaban de comprar. Vienen las hadas y los cocuyos, cantan canciones como murmullos. Si es que te portas bien a media noche las has de oír. Pero cuidado pues si eres malo, brujas podrán venir.” *NI*

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