13 de dic de 2017

Pensamientos y reflexiones 12/07/2017

“El poderoso olvida su pasado como opositor o disidente, e incurre en  aquello que condenaba”.   Pensamientos y reflexiones


Por OFICINA | miércoles 12 de julio del 2017 , 11:28 a.m.

“El poderoso olvida su pasado como opositor o disidente, e incurre en

 aquello que condenaba”.

 

Pensamientos y reflexiones

Para.   José Pablo

De: Octavio Ernesto

 

 

 

*Droga del poder

(José Antonio Crespo)

 

 

Se dice que el poder es una vitamina muy benéfica, la “Vitamina P”, que levanta espíritus y recompone cuerpos (Santa Anna, casi moribundo tras la amputación de su pierna, se levantó animoso y alivió de inmediato las infecciones de su muñón al enterarse de los honores que le harían por su presunto heroísmo). Pero los efectos del poder se parecen más a los de la droga que a los de las vitaminas u otros nutrientes.

 

Se trata de una droga dura, adictiva, alucinógena y cara, es poderosa, pues provoca a quien la consume un bienestar que raya en la euforia, incrementa la sensación de autoafirmación y eleva la imagen de sí mismo, por lo cual se vuelve adictiva.

 

Quien ha probado el poder no fácilmente puede dejarlo sin caer en una fuerte  depresión; lo necesita para mantenerse en pie, activo, vivo (como la cocaína o, peor aún, el crack). Los adictos al poder suelen hacer cosas desesperadas para conseguir nuevas dosis; arriesgan prestigio, decoro, patrimonio y hasta la familia, venden su alma por dinero que los ayude a conseguir más droga política.

 

También para seguir surtiendo efecto, las dosis de poder deben incrementarse, Una cierta cantidad con el tiempo pierde su encanto, se requiere seguir ascendiendo en la escala político-burocrática para experimentar la euforia original; de ahí también la obsesión por subir  y subir nuevos escalones en la pirámide política. Al llegar a un nuevo cargo, lo primero en que piensa un adicto al poder es en como escalar al siguiente peldaño.

 

El poder provoca también, como otras drogas “duras”, alucinaciones y enajenación. Quien detenta poder pueden muy fácilmente dejar de percibir la realidad tal como es, fantaseando sobre sus logros y posibilidades futuras. Puede no percibir los descontentos e inconformidades de sus conciudadanos, y enajenarse al grupo de no percibir nada de lo que ocurre “afuera” o “abajo” (según se quiera ver). La cruda realidad puede percibirse como el jardín de las delicias.

 

A veces se cae en el polo opuesto; el adicto se vuelve nervioso y paranoico; se alucinan conjuras por doquier, o se piensa que la prensa se ha unificado para tumbar del cargo al adicto. A veces incluso pequeñas dosis de este enervante provocan una especie de autismo. “perder piso” o “marearse al subir un ladrillo” son expresiones comunes para describir esta enajenación que provoca el poder, (grande o pequeño).  Desde luego, cuando las dosis son superiores, los daños son más profundos.

La pérdida de memoria es también otro de los síntomas típicos. El poderoso olvida rápidamente su pasado como opositor o disidente, e incurre fácilmente en aquello que condenaba. A todo eso ayuda mucho estar rodeado de zalameros y aduladores que confirman, en lugar de cuestionar, cualquier distorsión de la realidad que sufra el gobernante.

 

La droga política suele provocar también alteraciones graves de la personalidad; hay cambios mayores en la forma de ser y de conducirse; los honestos se vuelven corruptos con gran facilidad; los sencillos se vuelven soberbios; los desinteresados caen en la frivolidad; los demócratas ven aflorar su vena autoritaria; los autoritarios se transforman en dictadores de hierro: los desinteresados se tornan ambiciosos.

 

Es el embrujo de la silla presidencial de la que hablaba zapata. Los poderosos, por el solo hecho de serlo, se sienten sabios simpáticos, lucidos, ingeniosos, imaginativos. Todo lo saben, todo lo entienden, todo lo vislumbran. “creíamos que, como teníamos poder, teníamos también sabiduría”.

 

Las alteraciones en la personalidad suelen ser más dramáticas en quienes reciben grandes dosis de poder en poco tiempo. Las carreras vertiginosas suelen provocar trasmutaciones imponentes, inverosímiles. Ahí están los tristes casos de Martha Sahagún y de Santiago Creel.

 

Muchos terminan enloqueciendo de una u otra forma (las expresiones de tal locura son múltiples). A veces algunos efectos de la droga se dejan sentir tan solo con la cercanía del poder o con la posibilidad de alcanzar sus más altos niéveles. Quienes se han visto en el umbral de él sin poder traspasarlo, pueden mostrar después afectaciones y traumas incurables  (como ocurrió con Cuauhtémoc Cárdenas).

 

Lo mismo ocurre a quienes, tras haber disfrutado plenamente del poder, son despojados de él. Su mente puede quedar congelada en los momentos de gloria, o dilucidando permanente lo que el adicto pudo haber hecho desde el poder. Tan peligrosa es esta droga que muchos filósofos y pensadores recomendaban guardar respetuosa distancia respecto al poder. Maquiavelo recomendaba ampliamente a los ciudadanos renunciar al poder, a menos que quisieran entran en terrenos pantanosos, dejar de lado todo escrúpulo, exponerse a peligrosos diverso. Incluso el de perder la cordura y la sensatez. Pero nadie experimenta en cabeza ajena.

 

Es cuánto. *NI*

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