16 de jul de 2018

*La Estabilidad Institucional Frente a la Polarización Social.

La estabilidad del orden sistémico exige inclusión, unidad, debate y análisis crítico; un juego racional de pesos y contra


Por OFICINA | martes 3 de julio del 2018 , 05:15 p.m.

La estabilidad del orden sistémico exige inclusión, unidad, debate y análisis crítico; un juego racional de pesos y contrapesos políticos y sociales; una arquitectura de consensos en el marco de una Concertación Progresista; y fuerzas políticas y ciudadanas que sean verdaderas expresiones de la coherencia y congruencia política que exige un Estado Democrático de Derecho.

Es inaceptable una conducta antidemocrática, porque sería el presagio de la Cabeza de Hidra, que convierte a la democracia en el botín mesiánico y populista, que el país y sus ciudadanos no merecen ni pueden sufrir.

La democracia en México oscila entre la legalidad y la legitimidad, como antípodas en el sistema político. Requiere una franca reestructuración de abajo hacia arriba y recuperar no sólo la credibilidad, sino la estabilidad social, amenazada ante la polarización de fuerzas y el desencanto institucional.

Advertí en otro artículo, que la fragilidad política del Estado dio un salto cualitativo al construir el Sistema Nacional Anticorrupción, que lamentablemente, nació manco, por no contar con un Fiscal Anticorrupción, que permitiera trazar una alianza social, cuya legitimidad surgiera de la horizontalidad y el asociativismo que primara en las estructuras institucionales y políticas del Estado.

Esta prescripción aplica no sólo al Sistema Nacional Anticorrupción, sino a todo el sector gubernamental; ya que al promover el equilibrio asociativista del derecho humano a la participación ciudadana en todas las estructuras institucionales, garantiza que la racionalidad política no resulte una práctica vertical y ajena de nuestra democracia, sino que sea el signo de madurez de la cultura cívica, que exige hacer del quehacer público, un capital social.

El ciudadano debe quitarse la venda de los ojos que hoy obstruye el sano desarrollo del tejido social y percatarse que han vuelto las estelas del populismo y el fascismo que edificaron la mordaza de la conciencia social e instalaron los campos de concentración para el exterminio humano y de su razón.

¿No es esta suficiente advertencia de que el ciudadano no puede ser un sujeto pasivo de la política, ni debe aceptar cualquier forma de autoritarismo?

Las estructuras institucionales, políticas y democráticas que hasta ahora hemos construido, no son un privilegio que nos ha otorgado el Estado, sino la más pura expresión de una conquista social, a la que no podemos renunciar o ceder de ninguna forma. Es precisamente la pasividad y el conformismo que ve a las instituciones, a la política y a la democracia como legados, lo que ha incubado la irracionalidad que hoy somete al ciudadano y lo vuelve presa de los apetitos oscuros de poderes, que en nombre del pueblo hacen perdidiza la identidad y unidad nacional.

Entonces, ¿cómo puede el ciudadano hacer florecer la democracia en los tiempos del cólera?

Rescatando el activismo que le provee la cultura cívica, que permite la formación de una ciudadanía íntegra, donde los sujetos sociales no están atrapados por el poder vertical de la clase política, sino al de la conciencia clara que engendra un espíritu de verdadero nacionalismo y sentido patrio que no acepta la manipulación, el resquebrajamiento institucional, la prostitución de la política, el mesianismo de la democracia populista y mucho menos, el autoritarismo y genocidio fascista.

Es tiempo de que el ciudadano, con instrucción y conocimiento, despierte hacia la cultura cívica; que comprenda que debe ilustrarse para sumarse con la claridad que demanda la inteligencia social a iluminar la inteligencia institucional en la cocreación de respuestas y piso sólido al ejercicio de gobierno.

Como nunca antes, ante la crisis de representatividad de los partidos políticos, el ciudadano, desde la cultura cívica, debe erigirse en el contrapeso social, que es génesis y respuesta de todo ejercicio político y de gobierno. No pueden existir vacilaciones ante estos tiempos donde la violencia, el autoritarismo y el pragmatismo político pretenden imponerse a la conciencia social.

Si el ciudadano entiende que ser partícipe del ejercicio público no es una prebenda ni un legado, dará un paso firme en su activismo y horizontalidad para construir en la toma de decisiones corresponsable, la unidad y el respeto que merece en la tarea pública. Si se convierte en comparsa y amasijo manipulado, se vuelve presa de la demagogia política y el gatopardismo de la promesa barata.

Durante el proceso electoral fuimos testigos de una realidad violenta, inaceptable y repudiable, donde a nivel verbal, políticos que con un comportamiento propio de trogloditas, hoy se encumbran en puestos de representación popular, desoyendo la voz cierta de los ciudadanos, que sólo exige paz, oportunidades y concordia para construir un futuro cierto de la Nación.

¿Cómo se puede pensar al ciudadano libre y triunfante, cuando se le ha proscrito de la verdad y se le polariza ante la violencia electoral?

La polarización social que vivimos no estriba en que tal o cual fórmula o candidato ganen la elección, sino que se gane a través del temor y el rencor, enfundados en una percepción mezquina y oscura de la realidad, para manipular el destino de la Nación, mucho antes de triunfar.

La nueva realidad política, frágil y pesimista, que muchos políticos han encubado en el miedo y la mentira como instrumentos de cooptación y amedrentamiento social, no puede ser la constante que quebrante nuestras instituciones ni el Estado Democrático de Derecho que los ciudadanos hemos construido.

A todo tiempo de maldad y erosión de la humanidad, se impone la fuerza ciudadana, aquella que crece en la conciencia, el progreso y la paz social; que no admite el vasallaje o el neoesclavismo que el populismo y el fascismo utilizan para acallar la voz del pueblo.

Para combatir esta era de desencuentro y mesianismo demagógico, el ciudadano debe recuperar su memoria institucional y democrática, ver claro y profundo, asumir desde su cultura cívica el poder orgánico de una ciudadanía participativa y deliberante frente al poder público, que no renuncia o claudica por miedo o terror político al mayor bien social que hemos construido: la dignidad humana.

Agenda

  • Ha concluido el histórico proceso electoral en el que se renovaron más de dieciocho mil puestos de elección popular que terminará con la calificación que otorgue el INE, la FEPADE y el TRIFE, órganos competentes que dan certeza y definitividad a la contienda.
  • El Presidente de la República, Enrique Peña Nieto en un mensaje a la Nación destacó la civilidad y la reflexión del voto en el proceso electoral como una responsabilidad y respeto a las instituciones y a la ciudadanía.

 

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